| Benedicto no esta
solo y vuela como un águila
Buenos Aires, 15-07-10. (AI).- Ante tantos análisis
disparatados y malintencionados sobre la realidad de la Iglesia
y el papado de Benedicto XVI, cuestionado a veces desde dentro
por creerse lo que dicen los de afuera, les ofrecemos la reflexión
de José Luis Restán, Director de contenidos
de la cadena COPE, escrito para el boletín digital
Análisis y Actualidad.
Siempre recordaré el comentario de un viejo amigo,
todo menos conservador, que a mediados de los 90 me decía
que "Ratzinger vuela como un águila, mientras
sus críticos parecen ratones". Y eran los años
duros en que el prefecto de la Doctrina de la Fe se batía
el cobre con los rescoldos de una teología secularizada
que gozaba del aplauso de la gran prensa. Podríamos
decir con el Esclesiastés que no hay nada nuevo bajo
el sol. Pero sí lo hay. O al menos, ahora lo vemos
mejor.
La primera mitad del 2010 podría verse como un auténtico
potro de tortura para Benedicto XVI, pero él lo ha
vivido como una oportunidad de enseñar de nuevo qué
es el cristianismo, una ocasión para volver a la fuente
de la fe y para regenerar al pueblo cristiano. No ha habido
tregua para el Papa: la histórica carta a los católicos
de Irlanda, los viajes a Malta, Portugal y Chipre, los conmovedores
encuentros con las víctimas de abusos sexuales, la
impresionante guía del pueblo reunido en la Plaza de
San Pedro el 16 de mayo, su planteamiento novedoso sobre el
diálogo y la misión, la inolvidable clausura
del Año Sacerdotal, los nombramientos en la Curia romana.
Todo ello en medio de un chaparrón de fango lanzado
desde las más poderosas tribunas del poder mundano,
un chaparrón que en muchos casos le buscaba precisamente
a él, a Benedicto, ese Papa extraña mezcla de
inteligencia y mansedumbre, de pasión y serenidad,
ese hombre que ama la tradición viva tanto como para
no temer las preguntas inquietantes de los modernos.
Todavía la semana pasada el New York Times lanzaba
su enésima andanada, su ideología desaforada
y llena de engañosas construcciones y zafias mentiras
contra el hombre que no se defiende en Roma, contra este Pedro
del siglo XXI al que no hacen temblar las persecuciones, pero
que llora por la traición de sus hijos. Y no sólo
por el horrendo pecado de los abusos (frente al que ha lanzado
una formidable operación de limpieza y transparencia)
sino por el daño inmenso de una fe contaminada, deformada
y vaciada. Todavía esta semana un mezquino imitador
de la gran pompa neoyorkina, nuestro rancio El País,
lanzaba un editorial-píldora condensado de mentiras
descabelladas sin inmutarse. Es cierto que Pedro es ya poco
más que basura para cierta prensa, pero al menos esperábamos
cierta altura profesional de las grandes cabeceras del mundo
laico. Ingenua esperanza.
Pero la incomprensión y el odio no vienen sólo
de fuera. La Reppublica se ufanaba con un artículo
del pretendido teólogo Vito Mancuso que lanzaba su
anatema total contra la Iglesia de Benedicto cual si fuera
una cueva de perdición, mientras entonaba el cansino
canto de una comunidad toda espiritual y sin mancha, democrática
y autogestionada, un nuevo comienzo del verdadero cristianismo.
Y en la otra esquina están los que murmuran en voz
baja contra este Papa que no desenvaina la espada, que sale
al encuentro del mundo moderno, que piensa y reza demasiado
pero no utiliza los poderes de la historia para defender el
legado de la gran institución católica, que
no entiende la misión como un lanzar las huestes contra
el enemigo en una suerte de nueva batalla de Solferino.
¿Entonces está solo el Papa, como dicen tantos
analistas bien intencionados? No. En primer lugar Benedicto
XVI tiene una genialidad única pero no es un asteroide.
Es hijo de un pueblo, de la tierra de la Iglesia del siglo
XX, de un flujo vital, intelectual y afectivo, que ha alimentado
el Espíritu durante decenios. Y no le faltan compañeros
con los que ciertamente vive una relación de saludable
paternidad y libertad, colaboradores francos y leales que
saben como él que la respuesta a estos tiempos difíciles
no viene de programas prefabricados ni de maniobras astutas.
Viene de la conversión a Cristo, aunque les suene a
música celestial a tantos clericales de izquierda y
derecha.
Pero además, como en tantas ocasiones a lo largo de
la historia, Pedro conecta especialmente con el pueblo de
los sencillos (ése del que abominan los autoproclamados
católicos adultos de una y otra orilla). Como aquella
mujer sin techo que le saludó en el albergue de la
estación Termini: "querido Santo Padre, que Dios
le dé la fuerza de permanecer sereno, fuerte y lleno
de esperanza, como lo estamos nosotros". O como aquélla
que escribió al diario Avvenire reconociendo que no
era ella la que sostenía al Papa sino que era él
quien la sostenía a ella con su testimonio en el arduo
oficio de vivir cada día. O como la familia siciliana
que un cuarto de hora después de llegar a la Plaza
de San Pedro el 16 de mayo salía corriendo de nuevo
para no perder el tren de vuelta a casa. Quince minutos para
llevarse esto en el corazón: "prosigamos juntos
con confianza por este camino, y que las pruebas que el Señor
permite nos impulsen a una mayor radicalidad y coherencia".
Pero igual que con los sencillos, el Papa se gasta en asegurar
la paz y la comunión en el cuerpo episcopal, y lo hace
con una maestría incomparable. Recordamos su carta
a los obispos de todo el mundo cuando se suscitó la
polvareda en torno al levantamiento de las excomuniones de
los obispos ordenados por Lefebvre, una carta que casi cortaba
el aliento por su pureza y autenticidad evangélicas.
Y estos días hemos visto cómo se ha empleado
a fondo para restaurar la confianza en el colegio cardenalicio
entre Schönborn y Sodano, o el modo en que ha aprovechado
la triste situación del obispo de Augsburgo, Walter
Mixa, para amonestar paternalmente a los obispos alemanes,
recordándoles que "en un tiempo de contrastes
e inseguridades el mundo espera de los cristianos un testimonio
concorde, que nace del encuentro con el Señor resucitado".
El domingo en Sulmona, recordando a Pedro Morrone, el sufrido
Celestino V, el Papa recordaba que Jesús espera de
sus discípulos el anuncio sereno, claro y valiente
del mensaje evangélico, también en los momentos
de persecución, sin ceder ni a la fascinación
de la moda, ni a la de la violencia o de la imposición.
Poco después les decía a los jóvenes
que "la fe y la oración no resuelven los problemas,
pero permiten afrontarlos con una luz y una fuerza nueva,
de una forma digna del hombre". Y les invitaba a confiar
en el futuro, porque "si miramos a la historia de la
Iglesia veremos que es rica en figuras de santos que iluminados
por la fe, supieron encontrar soluciones creativas, siempre
nuevas, para responder a las necesidades humanas concretas
en todos los siglos". Los jóvenes estaban encantados,
pero claro, ¿qué puede significar todo eso para
los sabios del NYT?
Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar
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