Mentiras verdaderas

 

El titulo se parece al de una conocida película, pero, este artículo trata de exponer la supuesta realidad que las máximas autoridades de la nación quieren hacernos ver, antes que dejarnos librados a la también supuesta realidad virtual que muestran los medios de difusión. Algo así como decirnos cual de las dos mentiras se parece más a la verdad.

Pero, cabe la pregunta: ¿Cuál es la verdadera realidad, la que nos cuentan desde el gobierno o la que muestran los medios?; ¿no podría existir alguna otra posibilidad intermedia?, y en ese caso, ¿a quiénes les correspondería cumplir con su difusión?. A los medios no, porque podrían no ser ecuánimes o tener una mirada critica de la realidad; al gobierno tampoco, porque también podría sostener sus conveniencias. ¿Entonces, qué?

Cada parte y cada quien tiene o vive una realidad distinta, y todas son verdaderas. El problema existe cuando las mentiras se confunden con las verdades, y al poco tiempo se convierten en “mentiras verdaderas”.

Y ahora, me referiré a lo que motiva la redacción de este artículo: la libertad de expresión, la libertad de elegir la fuente de información, el pluralismo democrático, los derechos adquiridos y la nueva Ley de Medios.

Puesto, que si bien la nueva ley –actualmente suspendida judicialmente- en su elevación incluye esas ineludibles garantías constitucionales citadas, en su articulado las elude totalmente. Lo que dispone –entonces- se convierte en “verdaderas mentiras”; concede y quita al mismo tiempo.

No existe libertad de expresión cuando se imponen topes, cuotas, porcentajes o se limita la potencia por cuestiones que no responden a las factibilidades técnicas de asignación.

No existe la libertad de elegir cuando el espectro radioeléctrico destinado a los servicios abiertos y gratuitos, es enajenado por sistemas inadecuados hasta la saturación total.

No existe pluralismo democrático cuando cada medio responde a un sector definido, pues, en realidad eso es polarización.

No existen los derechos adquiridos cuando, además, de obligar a un pronto desprendimiento de las empresas, el propio Estado se “autoasigna” cantidades inusitadas de frecuencias en lugares en donde ya existe la actividad privada. Esta limitación ética del Estado, en su relación con los privados, está garantizada en todas las licencias adjudicadas hasta el momento.

En definitiva, no existen los derechos enumerados en nuestra constitución si estos no pueden ser disfrutados y gozados por la totalidad de los habitantes, ya sean radiodifusores o beneficiarios de los servicios que históricamente han sido declarados de interés público.

La nueva Ley de Medios podría ser redactada nuevamente para que la igualdad ante la ley no se convierta en un porcentaje de igualdad; para que la libertad de expresión no sea una libertad condicionada; para que la libertad de elegir información no se limite a medios en manos del Estado; para que el pluralismo democrático no se convierta en polarización y para que los derechos adquiridos sean una verdadera garantía para los empresarios o inversores.


Edgardo Molo
Asesor Técnico Legal
Especialista en Radiodifusión