¿Los libros son también monopolios?

 

Si nos llevamos por lo que se dice de los monopolios, no cabe duda alguna, que estos no debe-rían existir. Así lo determinan nuestras leyes. No deben existir posiciones dominantes de mercado, dado que, esas prácticas destruyen la competencia que, entre otras cosas, es la que propicia la diversidad de precios y calidades.

La libertad de expresión está profundamente ligada a todas las formas de comunicación social, la prensa gráfica, radial y televisiva; pero, también existen otras maneras muy antiguas de la comunicación: la escritura.

Los textos plasmados en los libros, son la máxima expresión de la libertad de pensamiento. Los libros no ocupan espacios que puedan ser considerados comunes a los ciudadanos, sino, que apenas ocupan algunos lugares físicos, en las estanterías y vidrieras de las librerías. Sus contenidos, van de una ideología a otra, sin que ello configure violación alguna sobre los derechos de nadie. Leer y escribir, son la base misma de las libertades individuales; no por nada lo primero que ata-can las dictaduras son los conocimientos, a los pensadores, a los intelectuales, y a los elementos físicos que los representan: los libros.

Los libros son vehículos de cultura, de formación y de información, y eso –para algunos- es suma-mente peligroso. El advenimiento de las nuevas tecnologías multimediales también lo son, por lo tanto, quienes sostienen aquella peligrosidad de los medios de difusión masiva en manos “de otros”, también se especializan en combatirlos, y por las dudas, incluyen a los fabricantes de libros y a los propios libros, aunque no configuren monopolio alguno.; porque según sus creencias, siempre será mejor que el monopolio de las ideas lo tenga quien ostenta el poder.

Entonces, no se trata –solamente- de combatir aquellos monopolios de la información, porque no permiten la existencia de otras ideas, sino, mas bien, de combatir hasta su exterminio, de todo vehículo que permita la difusión de “otras ideas”, sean estos: radios, canales de televisión, cables, diarios, revistas o libros. Sólo estos monopolios no deben existir, por lo menos, en otras manos que no sean las del poder.

Los tristes acontecimientos ocurridos en la “Feria del Libro”, con las charlas que debían llevar sobre sus obras, tanto la Dra. Hilda Molina, como el periodista Gustavo Noriega, y mas tarde la intolerancia de una persona ante la presencia de la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, el ata-que sufrido días antes por el locutor y periodista Fernando Bravo, de parte de componentes de la marcha por la Ley de Medios, marcan esa tendencia absolutista. Los programas megaoficialistas difundidos tanto por los medios estatales como paraestatales, no dejan lugar a dudas.

Utilizar los medios públicos como si fueran exclusivamente propios, no es algo que pueda ser argumentado como fundado en el cuidado del pluralismo democrático, en el interés público o en el bien común.

El ataque sistemático a periodistas, escritores y medios de difusión, son una constante que está siendo avalada desde las más elevadas cumbres del poder. Pero, el periodismo, los escritores y los medios, seguirán existiendo y comunicando, a pesar de todo.

El verdadero pluralismo no se obtiene cercenando voces, sino, abriendo muchas más, pero no, en manos del Estado.


Edgardo Molo
Asesor Técnico Legal
Especialista en Radiodifusión