“La tortuga y la liebre” dejo de
ser una fábula.
Desde muy chico me costó concebir que lo planteado
en esa fábula pudiera ser posible. Jamás pude
imaginar que alguien –arriesgando su propia imagen,
o lo que fuese- pudiera comportarse con la desidia que lo
hace la liebre, aprovechándose de la lentitud de la
tortuga.
¿Qué pretendo significar con lo dicho?, pues,
que la liebre siempre se comportará como liebre y la
tortuga como tortuga. Por eso están donde están
los que allí están. Los más rápidos
en el po-dio más alto y los más lentos en los
de mas abajo.
Claro, que la fábula sólo intentaba alertarnos
sobre lo que podría ocurrir si nos dormimos en los
laureles, o si nos vanagloriamos de nuestra rapidez; ya que
el lento, siendo constante, también podría ser
ganador.
Pues bien, parecería que nuestros políticos
no han leído la vieja fábula.
En radiodifusión nos está ocurriendo, pero,
de distinta manera. Aquellos que en épocas pasadas
parecían ser verdaderos aviones, hoy apenas parecen
“avioncitos de calesita”.
Durante 25 años estuvimos luchando en contra del mal
uso de las frecuencias de radiodifusión, a favor de
la libertad de expresión y de información y
por el pluralismo democrático en los medios de difusión
masiva; y ahora, “de la galera” de un mago que
llega a los tropezones, aparece una cantidad de liebres, que
–justamente- por ser liebres, ganarán la carrera
con las banderas contrarias a todo lo que se venía
peleando.
Y lo que es peor, aquellos que no supieron mantener la lenta
constancia de la lucha, se comportan hoy como tortugas que
–además de su lentitud- dan ventaja a las liebres,
desoyendo el claro men-saje brindado en la famosa fábula.
Las liebres, tan rápido como pueden, se están
quedando con todo: con las frecuencias de radiodifusión,
con nuestras libertades constitucionales, con nuestros derechos
inalienables, etc., y ello, por la lenta reacción de
las tortugas que hemos elegido para el parlamento, por las
tortugas que ocupan cargos técnicos y por las tortugas
que hay en la Defensoría del Pueblo.
Muchas liebres de un lado y demasiadas tortugas del otro.
En realidad, nos están diciendo que la fábula
que ha servido como inspiración del presente artícu-lo,
ya no puede ser empleada como ejemplo, puesto que, como se
puede ver –por decreto- ha dejado de ser una simple
fábula, para convertirse en realidad.
Edgardo Molo
Asesor Técnico Legal
Especialista en Radiodifusión
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