| No es la cruz, es
el crucificado, lo que molesta en Europa
Buenos Aires, 15-11-09. (AI). La semana pasada el Tribunal
de Estrasburgo condenó la presencia de la cruz en los
colegios de Italia. A este propósito Jorge Mújica
escribe para GAMA este interesante artículo que contiene,
además, dos videos para que estés mejor enterado
y puedas juzgar mejor.
Fue la primera semana de noviembre de 2009 y sucedió
en Estrasburgo. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó
que la presencia de un crucifijo en las aulas de clases es
una violación a los derechos humanos.
No podía ser para menos. Ahora todo lo que huele a
cristianismo es rechazado a priori. La Europa “institucional”
contesta su historia e invita con sus actitudes, tantas veces
acompañadas por presiones políticas y económicas,
a que otros países de raigambre cristiano abdiquen
también de ese pasado común.
Se descalifica a la fe cristiana por el sólo hecho
de ser ella misma, y se evita mirar a ese legado de dos milenios
de historia donde, objetivamente, el cristianismo, sus símbolos
y sus tradiciones, impregnaron de olor, color y sentido la
vida de tantas personas que hoy siguen profesando su creencia
en el crucificado de la cruz.
La cruz es historia, la historia de la universidad nacida
al cobijo del papado y de la Iglesia fundada por el crucificado
de la cruz; es recordar que sin monjes-copistas la cultura
greco-romana sencillamente se hubiera perdido.
La cruz es el vivo recuerdo que reivindica verdades como que
sin el crucificado no hubieran sido posibles definiciones
como la de igualdad entre todos los hombres (bastaría
leer el versículo 28, capítulo tercero, de la
carta de san Pablo a los Gálatas), persona (nacida
de las disputas trinitarias y cristológicas de los
Concilios), derechos humanos y derecho internacional (que
debemos al fraile dominico Francisco de Vitoria, en el siglo
XVI), o la configuración misma de la Unión Europea
(debida a tres católicos convencidos: Schuman, De Gasperi
y Adenauer).
De no ser por la cruz del crucificado que juntó naciones
distintas para vencer a los turcos en Lepanto, quizá
hoy estaríamos rezando a Alá pidiendo la libertad
de pensamiento y auténticas democracias.
La cruz es también la historia de una pléyade
de intelectuales cristianos que van desde san Anselmo, pasando
por Pedro Lombardo, Tomás de Aquino, Hildegarda de
Bingen, Roger Bacon, Marin Mersenne, René Descartes,
Pascal, Nicolás de Cusa, Galileo, Jean Buridan, Mendel,
Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel, hasta llegar Edith
Stein, Karol Wojtyla, Jerónimo Leujene o Joseph Ratzinger.
La cruz, en fin, también abraza el legado recogido
en insignias nacionales de países e instituciones (Noruega,
Inglaterra, Finlandia, Suiza, por ejemplo, tienen una cruz
en sus banderas; la Cruz Roja, la Cruz Verde, hospitales y
farmacias usan una cruz como emblema).
La cruz es arte, el arte que elocuentemente grita con pinturas,
libros y esculturas una realidad incontestable: que el crucificado
de la cruz les dio fondo y forma.
¿Quién es capaz de explicar medianamente bien
la literatura occidental sin Las Confesiones de san Agustín,
sin la Divina Comedia de Dante o la Suma Teológica
de santo Tomás de Aquino? ¿Quién podría
entender sin el cristianismo el Cantar del Mío Cid,
El Quijote de la Mancha o Los Miserables? ¿Y Lewis,
Chesterton y Tolkien qué son si se les vacía
de cristianismo? ¿Cómo gustar a Mozart y a Wagner,
a Verdi y a Tchaikovsky, a Haendel y a Beethoven sin pensar
en el crucificado de la cruz?
¿Qué sentido y explicación a El prendimiento
de Cristo, de Giotto; al Llanto sobre Cristo muerto, de Mantegna;
a La última cena, de Da Vinci; a la Deposición
del Señor, de Rafael? ¿Qué decir sin
el crucificado de la cruz para las Lamentaciones sobre Cristo
muerto, de Alberto Durero; para El Cristo, de Velázquez;
para La deposición del Señor, de Caravaggio;
para el Cristo crucificado, de Goya; para la Crucifixión,
de Emile Nolde; para la Flagelación, de David Alfaro
Siqueiros; o para El Cristo de san Juan de la cruz, de Salvador
Dalí?
Y en escultura, ¿cómo ilustrar La Piedad, de
Miguel Ángel o el Cristo muerto, de Alberto Durero?
La cruz es geografía: geografía suavemente dibujada
en las cruces esparcidas en las cúpulas de iglesias
y catedrales que pueblan la tierra entera: templos hechos
de fe, de amor y de misterio; templos que hablan de ese Dios
al que están dedicados y que ya románicos, góticos,
barrocos o renacentistas refieren la historia de un Cristo
humano y a la vez divino; de un Dios cercano y al mismo tiempo
inconmensurable.
No, no es la cruz, es el crucificado. El crucificado que nos
sigue invitando a remar mar adentro, a remar contra corriente,
a dar la vida por la verdad que en definitiva es dar la vida
por Él.
Muchos no toleran la cruz, como los poseídos que no
aguantan verla, porque es el símbolo de la victoria
del amor sobre el odio, del mal sobre el bien, de la verdad
sobre la mentira.
No, en Estrasburgo no rechazaron la cruz. Porque la cruz es
mucho más que la unión de una barra horizontal
y otra vertical adherida o colgada en un salón de escuela.
Rechazaron al crucificado. Y podrán quitarlo de salones
y lugares públicos pero está claro –y
la historia lo enseña– no de ese pasado que lo
proclama a viva voz y menos todavía de los corazones
de millones de seres humanos que, ayer como hoy, daríamos
la vida misma por Él.
Jorge Mújica.
Para Gama
Semanario de Análisis y Actualidad
Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar
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