| Juicios sumarios
del pasado y del presente
No es difícil encontrar a quienes condenan a otros
por su nacionalidad, por su religión, por su raza,
por su "clase" social, o por motivos semejantes.
Pero actuar así sorprende por las injusticias a las
que se llega.
Por ejemplo, ¿qué sensación produce alguien
que, al encontrarse con un francés, lo acusa y lo critica
por las matanzas de la Vandea (en francés, la Vendée)
o por las conquistas de Napoleón? ¿O quien considera
a todos los alemanes como culpables de las atrocidades de
Hitler? ¿O quien critica a los estadounidenses, los
nacidos ayer y los nacidos hoy, de la terrible matanza producida
por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki? ¿O
quien mira con sospecha a cualquier musulmán que encuentre
por la calle, como si por creer en el Corán fuese cómplice
de Bin Laden?
También ocurre que algunos atacan a los católicos
de hoy como si fuesen inquisidores y violentos, como si llevasen
siempre una tea para incendiar a sus opositores o para amenazarles
si no se bautizan, porque en el pasado hubo católicos
que actuaron de esa manera.
Es absurdo e injusto condenar a inocentes por culpas ajenas.
Uno de los principios básicos del derecho consiste
en reconocer que sólo es culpable de un delito quien
lo ha perpetrado directamente o quien lo ha apoyado de modo
eficaz. Lo cual es lo mismo que afirmar que es inocente cualquier
persona que no ha cometido ningún delito y que no ha
ejecutado actividades concretas para apoyar a los criminales
en sus actos delictivos.
Los franceses nacidos en 1960, 1970 ó 1980 no tienen
ninguna culpa de lo que hicieron los revolucionarios del Terror
en 1793-1794. La inmensa mayoría de los estadounidenses
no tienen nada que ver con las decisiones de Truman y de sus
colaboradores a la hora de lanzar las terribles bombas atómicas
sobre ciudades del Japón.
Lo mismo podemos decir de millones y millones de musulmanes,
budistas, hinduistas, judíos, cristianos y miembros
de otras religiones, que no tienen la más mínima
relación de complicidad con lo que hayan realizado
algunos miembros de esas religiones en contra de la justicia
y de la paz.
Hay que tener valor para romper prejuicios muy arraigados
pero que encierran errores que rayan en el ridículo.
Porque es tan absurdo acusar a los apasionados de Harry Potter
de criminales porque un lector de Rowling comete un asesinato,
como decir que los españoles tienen las manos teñidas
de sangre indígena por lo que ocurrió hace siglos,
o afirmar que los descendientes de los aztecas deben pagar
a los descendientes de las víctimas de los sacrificios
humanos cometidos en el pasado.
Vale la pena trabajar, y mucho, para dejar de lado juicios
sumarios contra los grupos, contra las razas, contra las religiones.
De este modo, podremos construir un mundo más vivible,
más humano, más justo, porque será un
mundo más verdadero y más sensato en sus apreciaciones
sobre las culpas de unos pocos y sobre la inocencia de muchos
otros.
Fernando Pascual | fpa@arcol.org
Para Gama
Semanario de Análisis y Actualidad
Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar
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