| «La Iglesia
debe hablar del demonio»
Buenos Aires, 01-11-09. (AI). Publicamos la introducción
del cardenal Georges Marie Martin Cottier OP --escrita siendo
aún Teólogo de la Casa Pontifica-- al libro
«Presidente degli esorcisti – Esperienze e delucidazioni
di Don Grabriele Amorth» («Presidente de los exorcistas
– Experiencias y aclaraciones de Gabriel Amorth»),
recién publicado por «Edizioni Carismatici Francescani»
(www.dioesiste.org). El padre Gabriel Amorth es exorcista
de la diócesis de Roma, fundador y presidente honorario
de la Asociación Internacional de Exorcistas.
Pecando, el ángel caído no ha perdido todo el
poder que tenía, según el plan de Dios, en el
gobierno del mundo. Ahora utiliza este poder para el mal.
El Evangelio de Juan le llama: «el príncipe de
este mundo» (Jn 12,31) y en la primera carta también
de Juan se lee: «El mundo entero yace en poder del Maligno»
(1 Jn 5,19). Pablo habla de nuestra batalla contra las potencias
espirituales (Cf. Ef. 6,10-17). Podemos también remitirnos
al Apocalipsis.
Tenemos que combatir contra fuerzas del mal no sólo
humanas, sino sobrehumanas en su origen e inspiración:
basta con pensar en Auschwitz, en las masacres de pueblos
enteros, en todos los horrendos crímenes que se cometen,
en los escándalos de los que son víctimas los
pequeños y los inocentes, en el éxito de las
ideologías de muerte, etc.
Es oportuno recordar algunos principios. El mal del pecado
es realizado por una voluntad libre. Sólo Dios puede
penetrar en el corazón profundo de la persona; el demonio
no tiene el poder de entrar en este sagrario. Actúa
sólo en el exterior, sobre la imaginación y
sobre los afectos de raíz sensible. Además su
acción está limitada por el permiso de Dios
omnipotente.
El diablo actúa generalmente a través de la
tentación y el engaño, es mentiroso (Cf. Jn
8,44). Puede engañar, inducir al error, ilusionar y,
probablemente más que suscitar, puede secundar los
vicios y los gérmenes de vicios que están en
nosotros.
En los Evangelios sinópticos, la primera aparición
del demonio es la tentación en el desierto, cuando
somete a varias incursiones a Jesús (Cf. Mt. 4,11 y
Lc 4,1-13). Este hecho es de gran importancia.
Jesús curaba enfermedades y patologías. Se
refieren en conjunto al demonio, porque todos los desórdenes
que afligen a la humanidad son reducibles al pecado, del que
el demonio es instigador. Entre los milagros de Jesús
hay liberaciones de posesiones diabólicas, en el sentido
preciso.
Vemos en particular en San Lucas que Jesús manda a
los demonios que le reconocen como el Mesías. El demonio
es mucho más peligroso como tentador que a través
de signos extraordinarios o manifestaciones exteriores asombrosas,
porque el mal más grave es el pecado. No por casualidad
en la oración del Señor pedimos: No nos dejes
caer en la tentación.
Contra el pecado el cristiano puede luchar victoriosamente
con la oración, la prudencia, en la humildad conociendo
la fragilidad de la libertad humana, con el recurso a los
sacramentos, ante todo la Reconciliación y la Eucaristía.
Debe también pedir al Espíritu Santo el don
de discernimiento, sabiendo que los dones del Espíritu
Santo se reciben con la gracia del Bautismo.
Santo Tomás y San Juan de la Cruz afirman que tenemos
tres tentadores: el demonio, el mundo (lo reconocemos ciertamente
en nuestra sociedad) y nosotros mismos, o sea, el amor propio.
San Juan de la Cruz sostiene que el tentador más peligroso
somos nosotros mismos porque nos engañamos solos.
Frente al engaño, es deseable en los fieles católicos
un conocimiento cada vez más profundo de la doctrina
cristiana. Se debe promover el apostolado por el Compendio
del Catecismo de la Iglesia Católica, de extraordinaria
utilidad para combatir la ignorancia. El demonio tal vez es
instigador de esta ignorancia: distrae al hombre de Dios,
y es una gran pérdida que se puede contener promoviendo
un adecuado apostolado en los medios de comunicación
social, en particular televisivos, considerando la cantidad
de tiempo que muchas personas gastan siguiendo los programas
de televisión, a menudo de contenidos culturalmente
inconsistentes o inmorales.
También contra los hombres de Iglesia se desencadena
la acción del diablo: en 1972 el Sumo Pontífice
Pablo VI habló del «humo de Satanás introducido
en el templo de Dios», aludiendo a los pecados de los
cristianos, a la desvalorización de la moralidad de
las costumbres y a las decadencias (consideremos la historia
de las Órdenes y de las Congregaciones religiosas,
en las cuales se ha notado siempre la exigencia de reformas
para reaccionar a la decadencia), a la cesión en las
tentaciones en la búsqueda de la carrera, del dinero
y de la riqueza en las cuales pueden incurrir los propios
miembros del clero, cometiendo pecados que provocan escándalo.
El exorcista puede ser un Buen Samaritano –pero no es
el Buen Samaritano— pues el pecado es una realidad más
grave. Un pecador que permanece asentado en su pecado es más
desdichado que un poseído. La conversión del
corazón es la más bella victoria sobre la influencia
de Satanás, contra la cual el Sacramento de la Reconciliación
tiene una importancia absolutamente central, porque en el
misterio de la Redención Dios nos ha liberado del pecado,
y nos regala, cuando hemos caído, el reencuentro de
Su amistad.
Los Sacramentos tienen en verdad una prioridad sobre los sacramentales,
categoría en la que se incluyen los exorcismos, que
son pedidos por la Iglesia pero en orden no prioritario. Si
no se considera este planteamiento, subsiste el riesgo de
turbar a los fieles. No se puede considerar el exorcismo como
la única defensa contra la acción del demonio,
sino como un medio espiritual necesario donde se ha constatado
la existencia de casos específicos de posesión
diabólica.
Parece que los poseídos sean más numerosos en
los países paganos, donde el Evangelio no ha sido difundido
y donde están más extendidas las prácticas
mágicas. En otros lugares un elemento cultural perdura
allí donde los cristianos conservan una tendencia indulgente
respecto a antiguas formas de superstición.
Además hay que considerar que presuntos casos de posesión
pueden ser explicados por la medicina actual y la psiquiatría,
y que la solución a determinados fenómenos puede
consistir en un buen tratamiento psiquiátrico.
Cuando se manifiesta en la práctica un caso difícil
es necesario ponerse en contacto con un psicólogo y
un exorcista; es aconsejable valerse de psiquiatras de formación
católica.
En el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum se ha instituido
recientemente un curso sobre estas temáticas. Sobre
ellas parece oportuna una formación adecuada en los
seminarios, en una dimensión de equilibrio y sabiduría,
evitando excesos y constricciones.
Cardenal Georges Cottier
O.P. Pro-teólogo de la Casa Pontificia
Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar
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