Meditación
del padre Pedro García, misionero claretiano
Todos los santos: “¡Al
Cielo, al Cielo, al Cielo quiero ir!”
ROMA, viernes 30 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos
la meditación que ha escrito el padre Pedro García,
misionero claretiano, conocido evangelizador en América
Central, sobre la solemnidad de Todos los santos, que la Iglesia
celebra este domingo, 1º de Noviembre.
Una canción inocente -¡y tan inocente, como que
era una canción para niños del catecismo!- decía
con tonada también muy simple: ¡Al Cielo, al
Cielo, al Cielo quiero ir!... Y lo repetía: ¡Al
Cielo, al Cielo, al Cielo quiero ir!... Pero ahora se me ocurre
preguntar: ¿y no habrá más profundidad
de la que imaginamos en un canto que nos gustaba de niños
y que ahora ya no entonaríamos por nada?...
Porque la realidad de la Persona humana es ésta: busca
la felicidad; una felicidad plena; la felicidad de un amor
que le sacie todas las aspiraciones del corazón; una
felicidad sobre todo que no acabe nunca; y, por lo mismo,
una felicidad que no tenga en perspectiva el final traído
por una muerte inexorable...
Esta es la realidad nuestra. La de todo hombre y de toda mujer.
La del anciano y la del niño. La de todos sin excepción.
Y, a ver, ¿cuándo y dónde se da esa felicidad
en el mundo? Nunca y en ninguna parte. Pues aunque se tenga
de momento todo lo que se ha deseado, siempre subsistirá
la certeza de que todo ha de acabar un día. Entonces,
la vida se convierte necesariamente en un fracaso.
Pero esto no lo podemos decir. Porque sería insinuar
una blasfemia contra Dios, que nos habría hecho expresamente
para ese fracaso tan cierto, tan seguro, tan destructor.
Por eso acudimos a la fe. Y la fe nos dice todo lo contrario
acerca de esa experiencia humana. La fe nos asegura que estamos
hechos para una felicidad total, plena, inacabable. Una felicidad,
sin embargo, que no es de este mundo sino de otro que esperamos.
Felicidad que en el lenguaje cristiano la llamamos Cielo.
Si esto es verdad, ¿cantan o no cantan bien los niños?
¿Tenemos para reír o tenemos para meditar con
esas palabras y esas notas infantiles?...
Ya se ve a dónde vamos con esta consideración
en la Fiesta de Todos los Santos que celebramos hoy. Este
día se centra en esa palabra que encierra nuestra esperanza,
el Cielo, donde se encuentran ya tantos hermanos nuestros
y hacia donde tienden irresistiblemente nuestras almas. Una
fiesta hermosa de verdad, llena de dulce nostalgia y que nos
estimula a seguir con coraje por el camino de la vida.
Por una parte, es una celebración en honor de todos
nuestros hermanos en la fe que ya triunfaron y están
en la gloria de Dios para siempre. Cada uno de ellos se merecería
una fiesta suya, una fiesta especial. Pero ante esa imposibilidad
de millones y millones de fiestas en el apretado calendario
de trescientos sesenta y cinco días al año,
la Iglesia los engloba a todos en una sola festividad, que
es toda para todos los Santos y Santas, y para cada uno en
particular como si nadie más estuviera en el Cielo.
Les felicitamos a todos y a cada uno. Le damos gracias a Dios
por la gloria de cada uno en particular. Y pedimos a cada
uno de ellos que interceda por nosotros, hasta que estemos
todos juntos en la misma felicidad que ellos ya disfrutan
y que nadie les puede arrebatar. Por otra parte, esta fiesta
la celebramos por nosotros mismos como fiesta de nuestra esperanza.
La esperanza no confunde, nos dice el apóstol San Pablo.
Quien camina por la vida
Sus pirando por el Cielo, es una persona que no se equivoca
nunca. Es la imagen más opuesta al pobre que no sabe
de dónde viene ni a dónde va.
Ocurrió en la persecución contra la Iglesia
en Vietnam, de la antigua Indochina, donde corrió tanta
sangre cristiana. Un niño -inteligente, bien instruido
en la doctrina- se encuentra ante el mandarín, y le
pide con resolución:
- Mandarín, dame un sablazo en el cuello para poder
ir a mi patria.
El Mandarín no entiende nada.
- ¿A tu patria? ¿Dónde está tu
patria? ¿Qué no eres de Indochina, o qué?...
- Mi patria está en el Cielo.
- Oye, niño, ¿dónde están tus
padres?
- Están en el Cielo, porque murieron por su fe. Yo
quiero irme con ellos. Dame un sablazo.
Este muchachito caminaba por la vida con la misma precisión
y seguridad que un gran Obispo y Doctor de la Iglesia como
era San Basilio, que contestó al ser interrogado sobre
su ciudadanía:
- Soy de aquellas inmensas alturas de la grandiosa patria
mía.
Cuando suspiramos con vehemencia por aquella felicidad que
Dios nos promete, glorificamos al mismo Dios, porque ponemos
en ejercicio esa esperanza que, junto con la fe y el amor,
nos infundió con la gracia en el Bautismo.
Al soñar en el Cielo, reconocemos que sólo Dios
puede llenar todas las aspiraciones de nuestro corazón.
Todo lo que no es Dios y no lleva a Dios se resuelve al fin
en un fracaso -¡y ése sí que es fracaso
de verdad!-, mientras que el tender siempre a Dios hasta poseerlo
en su propia felicidad es la realización plena de la
persona. No se tiene miedo a nada y se camina con seguridad
en todos los pasos de la vida.
Nunca como en esta fiesta nos damos cuenta de la verdad que
entraña la frase más repetida del gran san Agustín,
que le dice a Dios:
- Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón
está siempre inquieto, y en continua zozobra, hasta
que descanse en ti.
No solamente los niños -los primeros candidatos al
Reino de los Cielos-, sino también nosotros los mayores,
¡al Cielo, al Cielo, al Cielo queremos ir!...
Fuente:
www.zenit.org
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