| La leyenda negra
de la evangelización de América
Buenos Aires, 12-10-09.- Como ejemplo clamoroso y actual
del olvido (o manipulación) de la historia, como señal
de una verdad cada vez más en peligro, pensemos en
lo que ha ocurrido a la vista de 1992, el año del Quinto
Centenario del desembarco de Cristóbal Colón
en las Américas. Ya hemos hablado ampliamente de ello.
Aquí nos limitamos a examinar un aspecto concreto de
ese acontecimiento.
Fuente: “Leyendas negras de la Iglesia” de Vittorio
Messori
Anticipemos ya que el descubrimiento, la conquista y la colonización
de América latina —central y meridional—
vieron el trono y el altar, el Estado y la Iglesia estrechamente
unidos. En efecto, ya desde el principio (con Alejandro VI),
la Santa Sede reconoció a los reyes de España
y de Portugal los derechos sobre las nuevas tierras, descubiertas
y por descubrir, a cambio del «Patronato»: es
decir, la monarquía reconocía como una de sus
tareas principales la evangelización de los indígenas,
y se encargaba de la organización y los gastos de la
misión.
Un sistema que también presentaba sus inconvenientes,
limitando por ejemplo, en muchas ocasiones, la libertad de
Roma; pero que sin embargo resultó muy eficaz —por
lo menos hasta el siglo XVIII, cuando en las cortes de Madrid
y Lisboa empezaron a ejercer influencia los «filósofos»
ilustrados, los ministros masones— porque la monarquía
se tomó muy en serio la tarea de difusión del
Evangelio.
Por lo tanto, las polémicas que ya han nacido sobre
este pasado implican también a la Iglesia, por su estrecho
vínculo con el Estado, en la acusación de «genocidio
cultural». Que, ya se sabe, siempre empieza por el «corte
de la lengua»: o sea la imposición a los más
débiles del idioma del conquistador.
Pero tal acusación sorprenderá a quien tenga
conocimiento de lo que realmente pasó. A propósito
de esto escribió cosas importantes el gran historiador
(y filósofo de la historia) Arnold Toynbee, no católico
y por lo tanto fuera de toda sospecha. Este célebre
estudioso observaba que, atendiendo su fin sincero y desinteresado
de convertir a los indígenas al Evangelio (objetivo
por el cual miles de ellos dieron la vida, muchas veces en
el martirio), los misioneros en todo el imperio español
(no sólo en Centro y Sudamérica, sino también
en Filipinas), en lugar de pretender y esperar que los nativos
aprendieran el castellano, empezaron a estudiar las lenguas
indígenas.
Y lo hicieron con tanto vigor y decisión (es Toynbee
quien lo recuerda) que dieron gramática, sintaxis y
transcripción a idiomas que, en muchos casos, no habían
tenido hasta entonces ni siquiera forma escrita. En el virreinato
más importante, el de Perú, en 1596 en la Universidad
de Lima se creó una cátedra de quechua, la «lengua
franca» de los Andes, hablada por los incas. Más
o menos a partir de esta época, nadie podía
ser ordenado sacerdote católico en el virreinato si
no demostraba que conocía bien el quechua, al que los
religiosos habían dado forma escrita. Y lo mismo pasó
con otras lenguas: el náhuatl, el guaraní, el
tarasco...
Esto era acorde con lo que se practicaba no sólo en
América, sino en el mundo entero, allá donde
llegaba la misión católica: es suyo el mérito
indiscutible de haber convertido innumerables y oscuros dialectos
exóticos en lenguas escritas, dotadas de gramática,
diccionario y literatura (al contrario de lo que pasó,
por ejemplo, con la misión anglicana, dura difusora
solamente del inglés). Último ejemplo, el somalí,
que era lengua sólo hablada y adquirió forma
escrita (oficial para el nuevo Estado después de la
descolonización) gracias a los franciscanos italianos.
Pero, como decíamos, son cosas que ya debería
saber cualquiera que tenga un poco de conocimiento de la historia
de esos países (aunque parecían ignorarlo los
polemistas que empezaron a gritar a la vista de 1992).
Pero en estos años un profesor universitario español,
miembro de la Real Academia de la Lengua, Gregorio Salvador,
ha vertido más luz sobre el asunto. Ha demostrado que
en 1596 el Consejo de Indias (una especie de ministerio español
de las colonias), frente a la actitud respetuosa de los misioneros
hacia las lenguas locales, solicitó al emperador una
orden para la castellanización de los indígenas,
o sea una política adecuada para la imposición
del castellano. El Consejo de Indias tenía sus razones
a nivel administrativo, vistas las dificultades de gobernar
un territorio tan extenso fragmentado en una serie de idiomas
sin relación el uno con el otro. Pero el emperador,
que era Felipe II, contestó textualmente: «No
parece conveniente forzarlos a abandonar su lengua natural:
sólo habrá que disponer de unos maestros para
los que quisieran aprender, voluntariamente, nuestro idioma.»
El profesor Salvador ha observado que detrás de esta
respuesta imperial estaban, precisamente, las presiones de
los religiosos, contrarios a la uniformidad solicitada por
los políticos.
Tanto es así que, precisamente a causa de este freno
eclesiástico, a principios del siglo XIX, cuando empezó
el proceso de separación de la América española
de su madre patria, sólo tres millones de personas
en todo el continente hablaban habitualmente el castellano.
Y aquí viene la sorpresa del profesor Salvador. «Sorpresa»,
evidentemente, sólo para los que no conocen la política
de esa Revolución francesa que tanta influencia ejerció
(sobre todo a través de las sectas masónicas)
en América latina: es suficiente observar las banderas
y los timbres estatales de este continente, llenos de estrellas
de cinco puntas, triángulos, escuadras y compases.
Fue, en efecto, la Revolución francesa la que estructuró
un plan sistemático de extirpación de los dialectos
y lenguas locales, considerados incompatibles con la unidad
estatal y la uniformidad administrativa. Se oponía,
en esto también, al Ancien Régime, que era,
en cambio, el reino de las autonomías también
culturales y no imponía una «cultura de Estado»
que despojara a la gente de sus raíces para obligarla
a la perspectiva de los políticos e intelectuales de
la capital.
Fueron pues los representantes de las nuevas repúblicas
—cuyos gobernantes eran casi todos hombres de las logias—
los que en América latina, inspirándose en los
revolucionarios franceses, se dedicaron a la lucha sistemática
contra las lenguas de los indios. Fue desmontado todo el sistema
de protección de los idiomas precolombinos, construido
por la Iglesia. Los indios que no hablaban castellano quedaron
fuera de cualquier relación civil; en las escuelas
y en el ejército se impuso la lengua de la Península.
La conclusión paradójica, observa irónicamente
Salvador, es ésta: el verdadero «imperialismo
cultural» fue practicado por la «cultura nueva»,
que sustituyó la de la antigua España imperial
y católica. Y por lo tanto, las acusaciones actuales
de «genocidio cultural» que apuntan a la Iglesia
hay que dirigirlas a los «ilustrados».
Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar
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