Democracia en peligro
El escritor Mario Vargas Llosa ha señalado que en
gran parte de Latinoamérica, a la luz de lo que está
ocurriendo en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina, entre
otros países, la democracia se encuentra en peligro.
De hecho, hace años también señalaba
que en los países subdesarrollados, la distinción
entre gobernantes y Estado resulta ilusoria, pues quienes
llegan al poder se adueñan del Estado. Y parece que
la historia está confirmando sus temores.
En efecto, si quienes llegan al poder echan mano del ordenamiento
vigente para conseguir una reelección indefinida; si
silencian a la oposición, censurando o cerrando medios
de comunicación independientes; si manipulan la educación
a fin de adoctrinar a la población, con el propósito
de que una vez lavados sus cerebros no vean más opciones
que la que ese mismo poder le impone; si se reprime con todo
el peso de la ley –de una ley ad-hoc, se entiende, e
incluso así, en no pocas ocasiones, también
saltándosela manifestaciones contrarias al plan “oficial”;
si se expropia descaradamente la propiedad privada, sea de
simples particulares o de grandes empresas; si los órganos
encargados de administrar justicia han sido manipulados y
domesticados para que siempre avalen lo que ordene el gobierno
de turno; si se busca reescribir la historia, e incluso se
llega casi a endiosar al caudillo de turno, si ocurre esto
y otras manifestaciones por el estilo, parece que de democracia
sólo queda la máscara, convirtiéndose
en una burda, hipócrita y peligrosa careta, que esconde
un totalitarismo que sólo está esperando ser
lo suficientemente fuerte para salir a la luz y mostrarse
tal cual es.
Entiéndase: si se es verdaderamente demócrata,
hay ciertas reglas del juego fundamentales que están
más allá de la decisión de quienes se
hacen con el poder, reglas que son precisamente las que permiten
dicha democracia.
Es por ello que resulta imprescindible que existan ciertos
contenidos materiales mínimos del ordenamiento vigente,
no sólo meras reglas procedimentales: una real separación
de poderes, un respeto por la vida y la integridad física
y psíquica de todos, una libertad de conciencia, de
educación, de trabajo, de asociación, de propiedad,
y un largo etcétera. No seamos tan ingenuos como para
pensar que será posible una “autolimitación”
del poder: la tentación es demasiado grande, y a fin
de cuentas, quien gobierna tiene toda la fuerza coactiva y
los recursos del Estado a su servicio.
Por tanto, la democracia exige, entre otras cosas, reglas
materiales inmodificables del ordenamiento y alternancia en
el poder. Lo contrario es simplemente una farsa, como por
desgracia parece estar ocurriendo hoy, y con visos de contagio,
en Latinoamérica.
Max Silva Abott para GAMA,
Semanario de Análisis y Actualidad
Max Silva Abbott es Doctor en Derecho y Profesor de Filosofía
del Derecho en la Universidad Católica de la Ssma.
Concepción, de Chile
msilva@ucsc.cl
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