Padre Javier San Martín, s.j

 

Padre Javier San Martín, s.j

 

 

 

¿En qué se sostiene la estabilidad familiar?

Buenos Aires, 04-10-09. (AI). El padre Javier nos propone un tiempo de reflexión personal mediante su prédica dominical para ANUNCIAR INFORMA. En esta oportunidad, Jesús nos expone el sentido del amor matrimonial desde la radicalidad de su Evangelio. Los invitamos a compartir y meditar personalmente el evangelio de este Domingo.

 

(Escucha el comentario del Padre Javier San Martín, s.j)

 

 

DOMINGO 27º del Tiempo Ordinario, “B”
Evangelio Según San Marcos 10, 2-16.
Domingo 04 de octubre 2009

 

Hoy nos reunimos para celebrar el DOMINGO VIGÉSIMO SÉPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO. En este domingo encontramos a Jesús, sosteniendo con los fariseos un debate sobre diversos puntos y como era de costumbre, los fariseos trataban de poner a prueba a Jesús, para demostrar ante la gente su incapacidad o falta de conocimientos. Y con esta intención sacan un tema nada fácil de enfrentar.

 

Y le preguntan: “¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? El tema era particularmente espinoso puesto que la ley misma dada por Moisés, permitía el divorcio. Sin embargo Jesús, sorpresivamente, les respondió: ¿Qué cosa es lo que manda la ley de Moisés? Y los fariseos por supuesto inmediatamente contestaron: “Moisés permitió divorciarse presentando contra la mujer un acta de repudio”.

 

En cuanto los fariseos levantaron ese tema se pudo sentir en el grupo que rodeaba a Jesús una verdadera expectativa. Eran tantos los casos en los cuales muchos hombres se presentaban ante las autoridades aduciendo una serie de razones por las cuales pedían el divorcio de sus esposas. Y las razones iban desde el hecho de no sentirse satisfechos en la vida conyugal hasta las mínimas atenciones referidas al mantenimiento del hogar, las comidas, el cuidado de los niños. Y se daban casos en los que por causas mínimas muchas mujeres eran repudiadas y abandonadas, quedando desamparadas. Por eso dentro de nosotras crecía el deseo de escuchar de los labios del Maestro una palabra en nuestra defensa.

 

En efecto, Jesús irrumpió con un discurso muy tajante en contra de la posición judía y a favor de los derechos de la mujer. Y les dijo: “Por vuestra terquedad Moisés escribió este precepto. Sin embargo, al principio de la creación Dios creó al hombre y a la mujer y ordenó que el hombre abandone a su padre y a su madre para unirse con su mujer, de modo tal que los dos sean una sola carne. Así ya no son dos sino una sola carne. Y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Jesús así ponía bien clara su posición ante el divorcio. Cuando la unión entre el hombre y la mujer es bendecida por Dios, ningún hombre la puede separar. La doctrina era clara, tajante, y dejaba traslucir esa unión que existe en Dios mismo, que por ningún motivo puede romperse.

 

Era patente su manera de pensar, pero suscitaba muchas preguntas. Por eso, cuando los discípulos llegaron a casa, lo primero que hicieron fue interrogarle nuevamente sobre este tema. Pero Jesús volvió a repetir: “Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro comete adulterio.” Por un lado sentimos que esta manera de pensar tenía algo de divino porque elevaba la unión matrimonial a un nivel superior, de profunda espiritualidad, y al mismo tiempo le daba un respaldo, una seguridad. Pero esto no acallaba del todo nuestras inquietudes de qué hacer cuando surgen las incomprensiones. Pero Jesús nos dio una respuesta no con palabras sino con una actitud.

 

En efecto, en el grupo estaban también algunos niños y sus padres se empujaban por acercárselos al Señor. Pero los discípulos los regañaban y se lo impedían. Jesús entonces se enfadó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí, no se lo impidan. Porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. Yo les aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño no entrará en él.” Y cuando los niños lograron acercarse a Jesús, Él los abrazó y los bendijo imponiéndoles las manos.

 

Fue precisamente cuando vimos a Jesús abrazando a esos niños y bendiciéndolos, cuando comprendimos en donde radicaba el secreto de la unidad familiar. Porque nos dimos cuenta que dos corazones permanecerán siempre unidos cuando ambos miran con amor a un tercero, que es el hijo, a quien se abraza y se bendice. Porque la seguridad del amor necesita tres bases sólidas que son el padre, la madre y el niño.

 

Si una de ellas falta se pierde la estabilidad del núcleo familiar.

 

Por eso Señor, al verte Dios Trinitario, descubro el fundamento sólido del amor sostenido en tres personas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Concédenos que logremos este equilibrio de amor en nuestra vida.

 

Y ahora viene lo más importante

 

Bien amigos, así terminamos esta breve reflexión dominical.

 

Pero ahora viene el momento más importante: tu encuentro personal con el Señor Jesús.

 

Toma el texto del evangelio en tus manos, San Marcos, capítulo 10, versículos del 2 al 16 y trata de sentir lo que el Señor te quiere comunicar.

 

Evangelio según San Marcos (Mc 10, 2-16)

 

2Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban:
« ¿Puede el marido repudiar a la mujer?»
3El les respondió:
« ¿Qué os prescribió Moisés?»
4Ellos le dijeron:
«Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.»
5Jesús les dijo:
«Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. 6Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. 7Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, 8y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. 9Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.»
10Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. 11El les dijo:
«Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; 12y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.»
13Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. 14Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo:
«Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. 15Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.»
16Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

 

El Padre Javier San Martín te agradece tu atención y se despide hasta el próximo domingo.

 

Si quieres compartir tu reflexión puedes escribirme a: jsanmartin@shc.edu

 

Fuente:
http://faculty.shc.edu/jsanmartin/