Cura Brochero

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía reveladora del Cura Brochero

 

El padre Guillermo Ortiz, s.j. comentó en su espacio de Radio Vaticana lo que denominó como una “fotografía reveladora” del Cura Gaucho, Gabriela Brochero. “La foto de fines del 800 o principios del 900, es una radiografía espiritual de este sacerdote venerable, que tiene entre sus muchos devotos a tantos obispos y sacerdotes, especialmente aquellos que no se quedan en el escritorio ni en la sacristía”, nos dice el responsable de la Oficina de Radio Vaticana para Latinoamérica.

 

La fotografía del Cura Brochero sobre la mula, lo pinta de cuerpo entero como sacerdote de Jesucristo; de pie a cabeza incluyendo el hocico, las orejas y las patas de la mula malacara. Porque a José Gabriel Brochero no se lo puede presentar separado de su mula malacara. Sin la mula no hubiera podido llegar hasta el paisano más alejado en su parroquia de 200 kilómetros cuadrados.

 

La fotografía de fines del 800 ó principios del 900 –que hoy podemos presentar a color gracias a la computadora-, es una radiografía espiritual de este sacerdote venerable, que tiene entre sus muchos devotos a tantos obispos y sacerdotes, especialmente aquellos que no se quedan en el escritorio ni en la sacristía.

 

No es una pose para la foto la de Brochero. Es su actitud de sacerdote. No es solamente la sotana -que aparece debajo del poncho, en el invierno crudo con las sierras nevadas-. Es el corazón sacerdotal lleno de caridad, lo que empuja a Brochero a subirse a la mula para llegar a los más distantes de su parroquia.

 

No es para ‘hacer turismo’ en la pobre y olvidada pero hermosa ‘Traslasierra’. No es por un trabajo de arriero de ganado. Es por caridad; es por su condición de sacerdote, discípulo misionero de Jesús: ‘Vayan por todo el mundo…’ dice Jesús a sus discípulos. El del Cura Brochero, es el ejercicio fervoroso, creativo, valiente del ministerio sacerdotal.

 

Caridad del sacramento del orden Brochero no espera que le regalen un automóvil doble tracción para llegar incluso al cerro Champaquí, lo más alto de las Sierras Grandes de Córdoba, buscando a sus paisanos. La caridad de Cristo en el corazón de Brochero es el combustible que pone alas a la mula que le sacó callos sangrantes en las ‘posaderas’.

 

Esta caridad de Jesús que actúa en Brochero, que lo mueve, que lo hace compasivo y misericordioso, es la gracia del sacramento del Orden Sagrado, la Ordenación Sacerdotal recibida de manos del obispo el 4 de noviembre de 1866.

 

Dijo el obispo de Roma y sucesor de Pedro el 12 de septiembre de 2009: “Según la Tradición apostólica, este sacramento se confiere mediante la imposición de las manos y la oración. La imposición de las manos se realiza en silencio. La palabra humana enmudece. El alma se abre en silencio para Dios, cuya mano se alarga hacia el hombre, lo toma para sí y, al mismo tiempo, lo cubre para protegerlo, para que en adelante sea totalmente propiedad de Dios. …sigue después la oración. La ordenación es un acontecimiento de oración. Ningún hombre puede hacer a otro sacerdote u obispo. Es el Señor mismo quien… asume a ese hombre totalmente a su servicio, lo atrae a su mismo Sacerdocio. Él mismo consagra a los elegidos. Él mismo, el único Sumo Sacerdote, que ha ofrecido el único sacrificio por todos nosotros, le concede la participación en su Sacerdocio, para que su Palabra y su obra estén presentes en todos los tiempos.

 

Sacerdote enamorado del Señor Mientras los devotos esperamos con ansiedad su beatificación, el ejemplo y la figura del venerable Cura Brochero cuestiona seriamente a los sacerdotes.

 

Hablando de los párrocos como animadores de la comunidad de los discípulos misioneros, los obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida, Brasil, expresan: “DA 201. La renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero, al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración.

 

Damos gracias al Señor porque en la historia, y en la hermosa y herida geografía latinoamericana, su amor nos ha regalado sacerdotes y obispos santos que dieron y dan la vida por sus comunidades con la caridad de Cristo ardiendo en su corazón.

 

Padre Guillermo Ortiz, s.j.
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Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar