¿La
Iglesia debe cambiar para “sobrevivir”?
La advertencia llega una y otra vez: si la Iglesia católica
no cambia se extinguirá. La idea se construye desde
diversos presupuestos. Uno de ellos consiste en creer que
sólo perviven aquellas instituciones (también
las religiosas) que se adaptan a los cambios sociales y culturales,
pues resultaría imposible seguir adelante en contra
de la mentalidad dominante.
Este presupuesto queda falsificado si recordamos los tres
primeros siglos de la Iglesia. La cultura de entonces aceptaba
como justo, como obligatorio, ofrecer sacrificios a los dioses
del estado o al emperador. Veía como actos lícitos
el infanticidio y el aborto en ciertos casos. Había
legislado a favor del divorcio. Permitía y promovía
la esclavitud. La sociedad romana imponía algunas de
estas ideas por la fuerza, hasta el punto de que el que no
realizaba ciertos ritos era condenado a muerte.
Los primeros cristianos caminaron contra corriente. Eran
una minoría marginada y perseguida. Eran (dirían
hoy algunos “intelectuales”) un grupo condenado
a la extinción por no saber adecuarse a la mentalidad
de la época. Pero aquellas pequeñas comunidades
no sólo sobrevivieron, sino que contagiaron a muchos
otros: fueron un fermento vivo que cambió la misma
cultura en la que se movían.
Otro presupuesto consiste en ver a la Iglesia como una asociación
humana como las demás.
Quienes desean crear una empresa, o un partido, o un club,
elaboran estatutos, teorizan principios, preparan idearios.
Se pide, desde luego, a los miembros de esas asociaciones
que acepten las normas establecidas. Si con el pasar del tiempo
las normas “no funcionan”, quedan dos alternativas:
cambiarlas, o dejar las cosas como están hasta que
se imponga la realidad y un fracaso lleve al grupo a su extinción
por falta de afiliados.
Algunos ven así a la Iglesia: como una asociación
simplemente humana, que un día acogió una serie
de principios y “dogmas”, que estableció
la existencia de Papas, obispos y sacerdotes, que “inventó”
los votos religiosos, que “creó” los sacramentos,
y que elaboró una literatura propia (la Biblia) y una
serie de enseñanzas más o menos sistemáticas.
Si lo anterior fuese verdad, la Iglesia habría levantado,
durante siglos, todo un sistema de ideas basado en afirmaciones
especialmente difíciles de aceptar: la creencia en
Dios Uno y Trino, la afirmación de la Divinidad y de
la Humanidad de Cristo, la devoción a la Virgen María,
la llamada a la conversión y a un estilo de vida sumamente
exigente, la moral sexual, la condena de la usura y del apego
a las riquezas, la invitación a ser humildes y a perdonar
las ofensas, la condena del divorcio.
En otras palabras, aquellos “inventores” de la
fe cristiana habrían elaborado un sistema de ideas
y una religión que irían en contra de tendencias
humanas muy fuertes y arraigadas, además de ir en contra,
como ya vimos, de la mentalidad de su tiempo.
Por eso, quienes proponen que la Iglesia se “adapte”
y se “actualice” para no quedarse atrás
y para no vaciarse de gente, deberían pedir un tan
amplio conjunto de cambios que del cristianismo no quedaría
prácticamente nada.
El cristianismo, sin embargo, no es una doctrina humana,
sino que acoge una revelación que viene de Dios. O,
para quienes no aceptan lo anterior, el cristianismo no se
entiende a sí mismo si no se autoconsidera como fruto
de la intervención de Dios en la historia.
Si la anterior idea es falsa, si Cristo no es Dios, ni resucitó,
ni fundó ninguna Iglesia, no tiene sentido pedir al
Papa y a los obispos que cambien sus enseñanzas para
seguir teniendo católicos que llenen las iglesias los
domingos, los días de bautizos y de entierros. Porque
si la Iglesia estuviera fundada sobre una serie de mentiras,
de nada vale alargar por más tiempo lo falso con una
serie de cambios de fachada que mantienen en pie los errores
desde los que habría iniciado como institución
humana y frágil.
Pero si la Iglesia viene de un Cristo que es el Hijo de Dios,
si el Papa es el Sucesor del apóstol Pedro y tiene
las llaves del Reino de los cielos, ¿por qué
ese martilleo continuo para que la Iglesia cambie la moral
y la doctrina en puntos importantes?
Si la Iglesia viene de Dios, lo lógico no es pedirle
que cambie, sino que somos nosotros los que tenemos que acoger
lo que ella nos transmite como enseñanzas y como mandatos
de Cristo.
A quienes piden a la Iglesia que diga sí a los anticonceptivos,
al divorcio, al aborto, a la eutanasia, a la ordenación
de mujeres, a la supresión del sacerdocio (habrá
que ver cómo compaginar las dos últimas peticiones
que acabamos de poner), para que los templos vuelvan a llenarse,
hay que pedirles que respondan a la pregunta clave: ¿de
dónde viene la Iglesia y cuál es la autoridad
que ha recibido de Dios?
Las enseñanzas divinas no pueden ser cambiadas por
los hombres. El primer Papa tuvo que escucharlo del mismo
Jesús, cuando Pedro propuso al Maestro que dejase de
lado el camino de la Cruz: “¡Quítate de
mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para
mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino
los de los hombres!” (Mt 16,23). Por eso san Pablo exhorta
a los cristianos de su tiempo y a los de hoy: “no os
acomodéis al mundo presente” (Rm 12,2).
No somos católicos para pensar como piensa el mundo.
Vale la pena recordarlo, como lo recordaron y lo siguen recordando
los mártires de todos los tiempos. La Iglesia no está
en venta, ni tiene sentido manejarla según los gustos
particulares. O la tomamos como es, o la dejamos de lado y
buscamos algo mejor.
Pero si Cristo es Dios y si fundó la Iglesia, ¿puede
haber entre los hombres algo más hermoso, más
grande y más verdadero que la obra que Él nos
ha dejado?
Fernando Pascual | fpa@arcol.org
Para GAMA, Semanario de Análisis y Actualidad.
Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar |