Desmonopolización de la televisión por cable

 

Monopolio: Privilegio exclusivo en la fabricación o control de un producto o servicio.

 

El Estado, en cumplimiento de las garantías previstas en el Art. 42, de la Constitución Nacional, es quien -desde siempre- debe ejercer el control de los monopolios.

 

Con la explotación de medios electrónicos de radiodifusión y/o distribución, ese control -contraria-mente a lo que establece la C.N.- ha sido, “demasiado laxo o sospechosamente permisivo”.

 

Primero, dispuso el cierre al acceso de licencias de sistemas complementarios de televisión por cable durante unos 10 años. Dicho cierre benefició -casualmente- a quienes ya tenían licencias para dichos sistemas, localizados y en funcionamiento en gran parte del país: CABLEVISIÓN, MULTICANAL, SUPERCANAL, TELECENTRO, etc.

 

Luego, se otorgó una prórroga automática de licencias, por 10 años más. La medida, también favoreció a los grupos dominantes.

 

Más tarde, mediante Resolución 227/08, obligó a todos los operadores de cable del país a incluir en sus grillas de programación, las señales: TN, C5N, AMÉRICA 24, CRÓNICA TV y CANAL 26.

 

Evidentemente, todas medidas que favorecieron a los grandes concentradores que -ahora- se quieren combatir, y a sistemas privados, en cuyos negocios el Estado no debería intervenir.

 

Si bien todos podemos estar de acuerdo en que no deben existir posiciones dominantes en materia de comunicación, deberíamos saber cuál será el método a emplear con aquellas empresas que tengan posición dominante, para que cedan la proporción que exceda el 35% de sus mercados.

 

En muchos pueblos y ciudades del interior del país, existe un solo canal de cable. En contra de lo que se pregona, se debe decir que el cable en sí mismo (aunque diferencial en su recepción) es un sistema plural en cuanto a contenidos, habida cuenta que en sus grillas coexisten variadas señales provenientes de servicios de radiodifusión de televisión abierta y de señales privadas de variada índole; toman y distribuyen, tanto a las privadas locales (si las hubiera) como las de Capital Federal (vía satélite); la pública local y la central (mediante repetidoras); internacionales de todo el mundo, y tiene capacidad de ampliar la oferta de manera sustancial, muy por encima de las 80 señales promedio, que ofrecen en la actualidad. Es más, podría incluirse la obligatoriedad de que las señales de producción extranjera de noticias sean incluidas entre las ofertas codificadas, a fin de tenerlas disponibles a la demanda de los abonados.

 

Quiere decir, que -en el caso del cable- no se da el mentado monopolio informativo, por lo cual, el único monopolio o posición dominante que se observa, es la del mercado comercial.

 

Ahora, veamos si esos pequeños mercados pueden albergar y sustentar a más de un servidor de cable.

En los pueblos del interior del país, como ya se dijo, se dan situaciones muy particulares; en la gran mayoría de los casos apenas funciona un canal de cable; evidentemente allí, esas pequeñas empresas presentan una posición dominante (no ocurre lo mismo con las radios, dado que, su instalación y operación tiene menor exigencia).

 

- ¿Qué se haría en estos casos?, ¿deberían cerrar por su posición dominante o monopolica, o deberían reducirse al 35% (¿del territorio o de abonados?), para ajustarse a la norma?

 

- En ese caso, ¿Se permitirá el ingreso de otros servidores superponiendo sus redes (para que los clientes puedan optar entre unos y otros), o solamente ocuparían las áreas no cubiertas por el anterior?

 

Aquí existen tres posibilidades: que la superposición de redes impida tener la cantidad de abonados necesarios para el mantenimiento económico de las empresas, con lo cual, por un lado, peligrarían las fuentes de trabajo; otra, que se pondrían en situación de riesgo los derechos de información de los suscriptores; y la tercera, que en caso de dividir el territorio urbano por el número de servidores, esas empresas regresarían, aunque más pequeña, a la situación monopólica inicial (pues los usuarios no tendrían opción), pero, monopólica al fin.

 

La atomización de la actividad, inexorablemente, produciría la atomización del mercado suscriptor y por ende, el deterioro de los sistemas, pudiendo acarrear entonces el cierre de las emisoras, con lo cual, la gente podría quedar sin el servicio, cosa que es prioritaria.

 

Durante los 25 años en democracia, las autoridades se abocaron -exclusivamente- a desarrollar sistemas complementarios (onerosos) de exclusivo interés privado, dejando de lado a los de interés público (abiertos y gratuitos) que -justamente- por ser primeros en orden e importancia, nunca debieron ser adjudicados en primer término. Es muy obvio: no puede existir lo secundario, sin la previa existencia de lo primario.

 

En cambio, si se hubiera dado la verdadera importancia que poseen los servicios primarios abiertos y gratuitos -incluyendo los de baja potencia, comunitarios- hoy, el servicio estaría garantizado para todos sin excepción, por más problemas que hubiera entre los sistemas de segunda categoría.

 

La presencia de -al menos un servicio abierto- destruye toda situación monopólica, dado que el espectador -tiene en el aire la otra opción-, incluso, dentro del cable, puesto que éste último tiene la obligación de distribuir las señales abiertas a sus abonados, con lo cual, dentro del mismo sistema de cable coexistirían -al menos- dos medios, independientes.

 

Lo que falta es templanza y serenidad a la hora de pensar en “todos”, porque el calor de las ideas puede llevar a pensar solamente en “algunos”, con lo cual, los fines intrínsecos de la comunicación se verían sumamente dañados.

 

El pluralismo, la libertad de expresión, los derechos de buscar información y el interés público, estarían salvados y garantizados.

 

Edgardo Molo
Asesor Técnico Legal
Especialista en Radiodifusión