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El síndrome post aborto
El padre Pedro Trevijano, en su habitual columna del Periódico
DIALOGO, titulada “Reflexiones de un cura español”,
nos introduce en un tema de altísima sensibilidad:
las graves consecuencias psíquicas y espirituales de
las mujeres que han abortado. Tema que esquivan y ocultan
quienes promueven la cultura de la muerte.
Una pregunta que está latente en toda la cuestión
del aborto y a la que hay que contestar si queremos tener
ideas claras, es la siguiente: ¿el aborto tiene alguna
consecuencia psíquica para la mujer, o es sencillamente
inofensivo?; es decir, ¿el tercer supuesto por el que
la actual ley española despenaliza el aborto, por razón
de la salud psíquica, que es la causa alegada en la
inmensa mayoría de los casos, es un motivo real o mas
bien una gran mentira? Las estadísticas indican que
los así llamados abortos terapéuticos se hacen
en su gran mayoría invocando razones de salud mental
de la madre, defendiendo los centros abortivos que el hecho
de que una mujer quiera abortar ya supone un peligro para
su salud psíquica si no aborta, con lo que de hecho
ha sido prácticamente libre, sin ni siquiera límite
de tiempo.
Pero la realidad es que el aborto no cura ninguna enfermedad
física ni psíquica, sino por el contrario, las
agrava. Un detalle interesante a tener en cuenta es que, al
poco tiempo de descubrirse que varios centros abortistas incumplían
descaradamente la ley, y por tanto su actuación era
delictiva, se ha empezado a trabajar para reformar la ley
y que uno de los efectos del cambio de legislación,
va a ser proteger a los centros abortistas para que no puedan
tener sustos legales.
Desde luego mi experiencia personal y lo que oigo y leo en
los profesionales de la salud que hablan de estos temas es
que el aborto es una solución desastrosa, con gravísimos
traumas psíquicos y morales, que van haciéndose
mayores con el paso de los años, y que por supuesto
no cura ninguna enfermedad, sino mas bien las origina o agrava.
La realidad es que ninguna enfermedad y menos una enfermedad
psíquica puede curarse mediante un aborto, que, por
el contrario, ocasiona graves daños, al ser un acto
contra el instinto natural de ser madre.
Nuestros actos son a menudo irreversibles y sus consecuencias
están con frecuencia fuera de nuestro alcance. Antes
de hacerlo las mujeres deben ser informadas de las secuelas
y repercusiones del aborto, porque el aborto hiere en lo más
profundo del ser, va en contra radicalmente de lo que somos,
suele destrozar literalmente las vidas de quienes lo llevan
a cabo, ya que matar a un hijo o a un ser humano inocente
conlleva un sentimiento de culpa, por lo que sufren graves
depresiones, auto reproches, remordimientos, insomnio, pesadillas
y trastornos de conducta como la promiscuidad o el alcoholismo,
quedando con frecuencia marcadas con un síndrome post
aborto, que se presenta antes o después a lo largo
de la vida, independientemente de ideologías o creencias,
y se expresa con problemas graves de personalidad, inestabilidad
emocional, agresividad contra el médico que les ha
inducido y a quien no quieren volver a ver, o contra el marido
o compañero con un número muy elevado de separaciones
y divorcios en el primer año tras el aborto, pues se
quejan, en la inmensa mayoría de los casos con razón,
de no haber recibido información veraz y completa acerca
de las consecuencias físicas, y sobre todo psicológicas,
que ese aborto tendría para ellas el resto de sus vidas,
y es que es más fácil sacar al niño del
seno de su madre que de su pensamiento.
Es obvio que toda mujer que aborta queda profundamente afectada
por ello, aunque no quiera o no pueda reconocerlo. Desde el
punto de vista de la mujer, el aborto es un acto que va totalmente
en contra de sus sentimientos e instintos más profundos,
aunque algunas intenten justificarse haciéndose sus
decididas defensoras. Y es que el problema no es ser madre
o no serlo, sino ser madre de un hijo vivo o de un hijo muerto.
Tener un bebé nunca, nunca, será tan duro a
la larga como tomar la decisión de no tenerlo, no curando
el tiempo el problema, sino por el contrario, agravándolo.
Por todo ello, hay que insistir en que el aborto no supone
el final del problema, sino, por el contrario, el inicio de
un nuevo, duradero y gravísimo problema.
Y es que la naturaleza no perdona. Si el simple aborto natural
suele ocasionar una depresión en la madre, un acto
tan antinatural y tan contra el instinto materno como el aborto
provocado lleva consigo un muy serio problema emocional, incluso
cuando no se es consciente de ello. En este punto hay que
recordar que todo proceso biológico tiene su registro
psicológico. La mujer registra en su inconsciente tanto
el embarazo cuanto su impedida anidación y posterior
pérdida.
Si es normal en la mujer vivir la menstruación como
un fracaso de la pro creatividad, si bien en forma inconsciente,
cuánto más vivirá como pérdida
significativa o duelo la caída de la célula
huevo a la que se ha impedido anidar.
En psicoterapia se observa muchas veces en tratamientos con
mujeres que van bien en su proceso terapéutico, que
de pronto éstas manifiestan una significativa caída
anímica. Estos micro duelos o pequeñas depresiones
aparentemente sin motivo tenían a los terapeutas desconcertados
hasta que se comenzó a interrogar qué método
anticonceptivo usaban, la fecha de la última menstruación
etc., siendo en su casi totalidad el método utilizado
el DIU, pues la mujer registra su aborto y ello le provoca
un daño psíquico.
Además, la presencia constante de un elemento extraño
en el interior del propio cuerpo, en el centro de la gestación,
le genera una contradicción vital que le provoca una
tensión, una irritación difusa constante, un
subterráneo enojo con la pareja, un sentimiento de
culpa y muchas veces depresión. Esto le provoca un
rechazo del matrimonio.
Todo ello hace necesario con frecuencia el correspondiente
tratamiento médico psiquiátrico de quien lo
realiza, a fin de poder asumir, también humanamente,
las consecuencias de su acto, sacando a la luz sus sentimientos
de culpa y hablando de este tema a fondo con alguien que sepa
escucharles, experimentando muchas la necesidad de que alguien
superior les perdone. Pero además de ese tratamiento
psiquiátrico, como es también un problema de
conciencia y de pecado, puesto que se trata ciertamente de
una mala acción, creo que el mejor medio para recuperar
la paz interior es el arrepentimiento sincero con la absolución
sacramental que garantiza el perdón de un Dios que
sí quiere perdonarnos y nos ayuda a convertirnos. Me
parece que en casos así es de recomendar como el mejor
modo de perdonarse a sí mismo y reparar el mal hecho
la posterior y activa militancia en asociaciones en favor
de la vida.
Padre Pedro Trevijano
pedrotrevijano@telefonica.net
Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar
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