Foros de debate: "Discursos para
la tribuna"
Por *Edgardo Molo
Dentro del marco generado por la necesidad real de tener
una nueva ley de radiodifusión, se ha podido advertir,
cómo de pronto y compulsivamente, esa cuestión
ha tomado un carácter de tipo imperioso y fundamental
para la vida democrática del país, cuando hace
poco más de un año atrás, de este tema
ni se hablaba.
Desde el comienzo mismo de la democracia, la misma fuerza
de la libertad había movilizado a la enorme cantidad
de radiodifusores que hasta ese momento no habían podido
darse a conocer públicamente por causa de la mezquindad
existente en esa materia. La dictadura se había apoderado
de todos los medios de radio y televisión y no se adjudicaban
licencias para operar el servicio.
Con el advenimiento de la democracia, esa fue una de las
primeras cuestiones que impulsó el gobierno. De entonces.
Pero, para que ello fuera posible dentro del nuevo ordenamiento
político del país, tenía que impulsar
la creación de un nuevo marco legal, en reemplazo del
que había sido instaurado por el gobierno “de
facto”: el Decreto Ley 22.285.
En abril de 1984 se dicta el Decreto 1151 que suspende los
concursos públicos para el acceso a las frecuencias
y licencias de radiodifusión, por parte de los particulares.
La medida, tenía absoluta y total coherencia con el
requerimiento planteado de realizar los estudios correspondientes
a un nuevo Plan Nacional de Frecuencias Radioeléctricas,
que también fuera a reemplazar al hasta entonces vigente
(PLANARA - Decreto 462/81), confeccionado por la dictadura
militar.
Al mismo tiempo que ordenaba dichos estudios, el Estado no
podía abandonar la tenencia de las emisoras que habían
sido confiscadas por el gobierno militar, ya que resultaba
imprescindible tener previamente esos instrumentos técnico-jurídicos,
para poder hacerlo dentro de un marco legal y confiable.
Pero, siempre aparece un “pero”, nunca pudieron
cumplirse los mandatos de aquel decreto. Por lo tanto, a pesar
de haber transcurrido 29 años de su dictado, éste
sigue vigente. Pero, otro “pero” más, sin
que jamás se hubiera cumplido, siquiera, la “veda”
que había impuesto para reservar las frecuencias de
radiodifusión y administrarlas mediante los debidos
y obligados concursos públicos. Esto por tratarse de
un recurso natural escaso, poco abundante, finito, limitado,
agotable y no renovable.
Los organismos del Estado, a pesar de la plena vigencia de
la suspensión decretada, igualmente asignaron y adjudicaron
todas esas frecuencias abiertas para la instalación
de sistemas multiseñales de televisión codificada
(cerrada), exclusiva para abonados. Similares a las empresas
de televisión por cable, pero, que en lugar del cable
utilizan nuestras frecuencias del espectro radioeléctrico,
para ahorrarse el tendido de sus redes.
Ahora, debido a dicha irregularidad, nos hemos quedado sin
una sola frecuencia libre, en los lugares de mayor conflicto,
en las que se podrían instalar servicios abiertos y
gratuitos, para el público en general.
Y de pronto, aparece el discurso que nos habla de la necesidad
imperiosa que tiene la democracia de lograr un mayor pluralismo,
en los medios de radiodifusión. ¡Chocolate por
la noticia!
Hace casi treinta años que los actores de la radiodifusión
alternativa, surgidos en democracia, vienen reclamando esto
que ahora parece ser la llave maestra de un solo iluminado.
Y nos cuentan sobre las virtudes de la pluralidad de ideas
y opiniones, cuando eso ya figura en los tratados internacionales
derivados de las convenciones de los Derechos Humanos, que
a partir de 1994, son propia letra de nuestra Constitución
Nacional.
Acaecida, así de pronto, esta imperiosa y repentina
necesidad de tener una ley verdaderamente democrática,
se han promovido infinidad de “Foros de discusión
y debate”, donde quienes los promocionan, ni siquiera
conocen la verdadera definición del servicio que pretenden
regular. Tampoco saben lo suficiente sobre la composición
del espectro radioeléctrico o de diferenciar las posibilidades
que ofrecen las nuevas tecnologías.
Ello ocurre, porque la verdadera necesidad no es la que se
pregona. Lo que se intenta, no es otra cosa que reducir la
preponderancia informativa de un concentrador en especial,
y no, de todos los que ostentan similar situación de
poder.
Una nueva ley de radiodifusión no puede mermar una
concentración inexistente, simplemente porque esa concentración
no existe en lo que denominamos: “radiodifusión”.
Y menos aún considerando, que si la hubiera, no sería
producto de una violación a las leyes, sino que estaría
respondiendo a las reglas establecidas por la autoridad de
aplicación, como resultado de las normas dictadas por
el Congreso Nacional.
Tomemos como ejemplo al Grupo Clarín, el cual recoge
todos los embates del oficialismo desde el conflicto agrario.
¿Cuál es la concentración de medios “de
radiodifusión”, por parte del citado grupo?,
una emisora en AM (radio Mitre); una emisora en FM: (la 100),
y una de televisión: (Canal 13); todo lo permitido
por la ley.
Si bien, dicha empresa también posee a Multicanal
y Cablevisión, de manera superpuesta en una misma localización,
en realidad, el servicio complementario de televisión
por cable, no se encuentra clasificado como “de radiodifusión”,
por lo tanto, no debe sumarse a esa llamada concentración
de medios “de radiodifusión”, que se le
endilga.
En ese caso, si es que existe alguna concentración
de medios, lo sería en la parte gráfica y no
en radiodifusión, y en esa modalidad no cabe ningún
tipo de restricción. De todas maneras, no debemos olvidar
que -tanto, la libertad de expresión como de prensa-
se encuentran plenamente garantizadas por nuestro máximo
ordenamiento jurídico.
Supongamos que, como dicen muchos, hoy no existe libertad
de prensa, sino, libertad de empresa. Pues bien, lo que habría
que considerar entonces, es la participación en la
titularidad de medios, de una mayor cantidad de empresas que
permitan la pluralidad que tanto se necesita.
No se logra mayor pluralismo cerrando o restringiendo el
acceso a los medios, sino todo lo contrario. Se logra abriendo
el juego a todos los que quieran hacerlo, mientras existan
factibilidades técnicas de asignación y cuando
se trate de medios de radiodifusión que necesitan,
para poder funcionar, de las únicas frecuencias del
espectro radioeléctrico que permiten cumplir el servicio,
conforme su principal característica: la gratuidad.
Lamentablemente, esas frecuencias ya fueron todas adjudicadas
-como se dijo- a sistemas por abono. Nuestras frecuencias
las explotan algunos privados que emiten señales en
forma onerosa y sólo las disfrutan los abonados que
las reciben.
Ahora bien, cuando se habla de concentración ¿Por
qué no se habla de la concentración de sistemas
“multiseñales” que utilizan frecuencias
abiertas -en cantidades exorbitantes- que fueron adjudicadas
a la televisión codificada?
Dicha malversación y enajenación de frecuencias,
perfectamente, podría tipificarse como “censura
más que previa”, ya que, sin que nadie se hubiese
podido enterar, todas aquellas frecuencias que podrían
-en el futuro- albergar a servicios abiertos y gratuitos se
adjudicaron a sistemas cerrados, a los que nadie tiene acceso
y se desconoce aún si, ciertamente, pudieron captar
suscriptores. Similar a la retención de papel para
periódicos.
En la administración pública existe un precepto
ineludible (bueno, tal vez no lo sea tanto): “no se
deben dictar normas que beneficien a pocos, en perjuicio de
muchos”.
Evidentemente, no es el caso.
Tampoco se nos puede argumentar que tales medidas hayan sido
pensadas para beneficio del bien común o para respetar
el interés público, declarado al servicio.
Si, claro, tampoco es el caso.
Aún así, quieren dar cátedra sobre la
distribución de la riqueza, como si la riqueza sólo
fuera aquella de índole material. Nada dicen de la
distribución de la otra riqueza que la gente también
necesita como el pan de cada día, como puede ser la
riqueza del conocimiento y de la cultura; la riqueza formativa
e informativa, o como también la que brinda el entretenimiento.
No, de eso no se habla.
Y mientras nos tratan de convencer de lo importante que es
la distribución de la riqueza, el propio Ministerio
de Educación instala un canal llamado “Encuentro”
(que -en realidad no es un canal-, sino, una señal
de muy buenos contenidos), al que se lo incluye -curiosamente-
como uno de los tantos Medios Públicos que posee el
Estado. Pero, siempre aparecen “peros”, hete aquí
que para poder disfrutar de este “medio público”
hay que abonarse a un sistema privado. ¿Qué
loco, no?, todos pagamos impuestos para sostenerlo, pero,
solamente lo pueden ver los abonados de cable.
Por eso es que lo llaman “medio público”,
porque sólo puede verlo “medio público”,
el que está abonado al cable.
Y debemos coincidir que desde el Estado no se puede promover
a un sistema tan discriminatorio como el del canal Encuentro.
Y menos, por la más odiosa de las discriminaciones:
la del poder adquisitivo de las personas.
La obligación del Estado es dar satisfacción
al interés público y no al privado.
Los no abonados al cable, son -justamente-, quienes más
necesitan de los contenidos de una señal como Encuentro.
En cambio, quienes hoy la reciben, los de mayor poder adquisitivo,
podrían acceder a cualquiera de las posibilidades comunicacionales
que ofrece el mercado.
¿A quién se le entrega la señal Encuentro
para su distribución? -Nada menos que al Grupo concentrador
que el gobierno -dice- querer combatir, y para sus sistemas
de cable Multicanal y Cablevisión, que son mayoritarios
en todo el país.
No se entiende, por un lado dice que lo combatirán,
y por el otro, lo benefician con la producción de Encuentro,
que pagamos todos los argentinos. Todo ello, a pesar de poseer
el Canal 7 - “la televisión pública”,
que llega a la mayor parte del país, por aire y por
cable.
Por lo visto hasta aquí, todo lo que se pregona no
tiene correlato con lo que se hace. Y esto no es una crítica
a la actual conducción, sino, a todas las que hemos
tenido que soportar desde que arribamos a la democracia, una
forma de gobierno con la que queremos vivir los argentinos,
sin ninguna duda, y a pesar de algunos dirigentes.
Si la idea, como se dice, era la de desmonopolizar y brindar
posibilidades a nuevos emisores, etc., etc., ¿Por qué
el actual Interventor del COMFER entregó DIEZ (10)
frecuencias de radiodifusión de televisión al
sistema codificado más concentrador que existe en el
mercado?
Es todo muy extraño.
Se habla de la participación de las telefónicas
en la radiodifusión, de los sistemas de cable, de Internet
y de los sistemas codificados; se dice en forma grandilocuente
que a todos estos modernos sistemas “audiovisuales”
el anteproyecto de ley, los declara como servicios de interés
público.
¿Desde cuándo los sistemas onerosos y de recepción
exclusiva de unos pocos, pueden ser considerados como de interés
público?
Insisto, a medida que avanzo en el análisis, todo
me parece más extraño. Todas las reglas conocidas
y con fuerte arraigo, han sido puestas de cabeza. En fin,
por cuestiones de salud, no creo que pueda seguir adelante
con este análisis.
Porque el discurso que se emplea para convencer al soberano,
pareciera haber sido pergeñado, para “la tribuna”.
Aquellos que creemos y confiamos en quienes gozan de la presunción
de racionalidad y razonabilidad que les otorgan sus cargos
de funcionarios.
* Asesor Técnico Legal
Especialista en Radiodifusión
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