Carta abierta a la Sra.
Susana Giménez
Publicamos la carta que escribiera
el P. Pablo Osow y que trae luz sobre un tema polémico
que tiene que ver con el brutal asesinato al colaborador de
la actriz y conductora, la Sra. Susana Giménez: Mi
nombre es Pablo Osow y soy sacerdote. No tengo la certeza
de que llegue Ud. a leer estas líneas alguna vez. Pero
me ha sorprendido escucharla en declaraciones mediáticas
expresando su dolor por el brutal asesinato de su colaborador
Gustavo. Se nota que Ud. lo quería mucho, y le expreso
mi cercanía en este momento tan difícil.
Carta abierta a la Sra. Susana Giménez
Estimada Sra.
Mi nombre es Pablo Osow y soy sacerdote. No tengo la certeza
de que llegue Ud. a leer estas líneas alguna vez. Pero
me ha sorprendido escucharla en declaraciones mediáticas
expresando su dolor por el brutal asesinato de su colaborador
Gustavo. Se nota que Ud. lo quería mucho, y le expreso
mi cercanía en este momento tan difícil.
En medio de la indignación, todos podemos equivocarnos.
Ha pegado duro su frase: “El que mata, tiene que morir”,
pero Ud. ha aclarado que no está a favor de la pena
de muerte, argumentando que es católica. Le aclaro
que el catolicismo no excluye, “en casos de extrema
gravedad, el recurso a la pena de muerte” (Catecismo
de la Iglesia Católica, N° 2266). De todas maneras,
le confieso que yo también me hubiera rectificado,
aunque no por razones religiosas: si se trata de matar a alguien,
las razones para no hacerlo van más allá de
cualquier credo o bandería política. Pensémoslo
fríamente. Matar a alguien. ¿Quién lo
permite? ¿Quién lo decide? ¿Quién
lo ejecuta? Todos seríamos asesinos, aunque fuera por
matar a otro asesino… Digámoslo brutalmente,
nos sacaríamos varios problemas de encima. Pero nos
quedaríamos con un problema más grave: hemos
matado. ¿Cómo podríamos vivir en una
sociedad “ensangrentada”, que legitime el asesinato?
Los discursos de la “mano dura”, tan de moda en
estos días, son un arma de doble filo. Nos seducen,
pero terminan deshumanizándonos. Instalan en nuestro
corazón sentimientos terribles: miedo, castigo, venganza
(disfrazada de justicia), egoísmo, odio, rencor, muerte.
Pero volvamos al tema que nos preocupa a todos: los episodios
de inseguridad. Hay que hacer cumplir las leyes; de otra manera,
dejamos vía libre para el delito. Pero me llama la
atención que Ud. identifique inmediatamente minoridad
y delincuencia. Es una concepción estadísticamente
errónea, pero cada vez más extendida.
También me sorprende que no haga ninguna referencia
a la corrupción estatal como forma fundamental de la
delincuencia, sólo que vestida de saco y corbata.
Y por último, también están ausentes
de su discurso los millones que se quedan en posición
de espectadores, los que se quejan pero no mueven un dedo
para construir una sociedad más justa. Los que no participan
en nada solidario. Los que silenciosamente votan con el bolsillo,
sin pensar en el bien común. Los que han promovido
políticos electoralistas, demagogos y asistencialistas,
que sólo piensan en el corto plazo para perpetuarse
en el poder. Los millones que sólo cuidan su “quintita”.
Los “Poncio Pilatos” de hoy, que se lavan las
manos frente a los condenados a la exclusión. Los que
-atrincherados en bunkers a prueba de balas- miran por TV
“Policías en acción” y “Cárceles”,
¡escandalizados! Sra. Susana, finalmente la marginalidad
se ha convertido para muchos en algo exótico, raro,
como un zoológico. Un documental sobre las villas los
hace sentir confortablemente seguros, lejos de los tiros y
de la droga y de la pobreza. Y esa lejanía tiene algo
de asesinato, de “lesa humanidad”, creo yo.
Porque a pocos les interesa la vida, la historia, el origen,
el itinerario de un marginal. Esa indiferencia es la primera
de tantas violencias que la sociedad ejerce contra él.
Y esa violencia se vuelve en contra, tarde o temprano, de
la misma sociedad que la generó. ¿Ha hablado
Ud. alguna vez con algún marginal? No hace falta que
el diálogo sea largo para descubrir que somos iguales
en naturaleza, pero desiguales en oportunidades. Estimada
Susana, a veces nos sentimos “gente honesta” víctima
de delincuentes, pero ¿no será que nos ha tocado
nacer, inmerecidamente, en un buen lugar?
Estoy de acuerdo con Ud. en que, si el gobierno no hace nada,
nosotros tenemos que hacer algo. En nuestra parroquia funciona
un Hogar de Día, para chicos que están solos.
Así intentamos evitar que se conviertan en chicos de
la calle. Los ayudamos a hacer los deberes, les damos la merienda,
les organizamos juegos y salidas… Profesionales y voluntarios
crean para ellos un clima de hogar, el hogar que a muchos
de ellos les falta por diversos motivos. Nos parece que la
violencia social se soluciona desde abajo, desde lo pequeño,
desde la prevención, y sobre todo desde el amor; nunca
desde la violencia.
Ud. menciona el factor “droga”. También
funciona en la parroquia un tratamiento ambulatorio gratuito
para adictos en recuperación. Y los salimos a buscar
por la calle, algunos viernes por la noche, por lo cual me
han amenazado de muerte. De todas maneras seguiremos haciéndolo.
Le cuento todo esto porque me parece que si nos quedamos
en un análisis de síntomas, perdemos de vista
las causas y por ende las posibles soluciones prácticas
a nuestro alcance. Nadie se hace cargo de los “vectores
sociales” que confluyen en alguien que decide drogarse
y/o delinquir: la falta de horizontes, un sistema educativo
que no enseña a pensar, la pérdida de la cultura
del trabajo, el vacío existencial, la carencia de hogar,
etc. Y esto no es una justificación, sino un intento
de comprensión y un llamado a la compasión y
a la acción. ¡Hay que hacer algo! Cada uno desde
nuestro lugar, venciendo nuestros egoísmos y achicando
nuestras distancias, superando las protestas con propuestas.
Pero siempre eligiendo la VIDA. Todos tenemos el mismo derecho
a vivir, aunque a veces nos equivoquemos.
Como verá, no todo el país piensa en todo como
Ud.; apelo a su responsabilidad como comunicadora, a su sensibilidad
social y a su buena voluntad. Ojala -si le llegan- le hagan
bien estas líneas. Le mando un abrazo, y que Dios la
bendiga.
P.Pablo Osow
Parroquia San Pedro Armengol
Av. H. Yrigoyen 2448 – Gerli (Lanús O.) - 1824
011 4241 6774 – www.psanpedroarmengol.com.ar
Esta carta fue publicada en el sitio del P. Pablo Osow:
http://pabloosow.spaces.live.com
Nota de Redacción: En la doctrina
católica la utilización de la pena capital está
contemplada en el contexto del tema relacionado con la legítima
defensa. Plantea que, ante un caso de extrema peligrosidad,
cual debe ser el fundamento ético y moral en que puede
condenarse a una persona a la pena de muerte. Esto en la medida
de que no se hallara otra solución para defenderse
de la peligrosidad del sujeto.
No obstante, la Iglesia reconoce que ante las posibilidades
que la actualidad ofrece y el mayor conocimiento de la psicología
humana, deben agotarse todos los recursos para evitar la aplicación
de la pena capital.
Fuente:
www.anunciarinforma.com.ar
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