Las Cadenas por E-mail

Por Juan Carlos Pisano

 

Alguna vez, hace mucho tiempo, escribí un artículo acerca de las cadenas que llegaban a manos de la gente en un papel mimeografiado (¡que antigüedad!) o copiado a mano y con carbónico, contando las peripecias sufridas por los que, habiéndola recibido la habían «cortado» y los beneficios múltiples de los que habían hecho nueve copias y enviado a otros tantos conocidos.

 

Podían ser cadenas de oración más o menos paganas, podían llegar solas o acompañadas por una monedita de diez centavos, o podían requerir algún tipo de conducta particular a quien la recibía (además de solicitar el múltiple reenvío). Desde aquella vez, critiqué las cadenas por considerarlas un atropello a la credulidad de la gente y, lo más grave, por la distorsión que conlleva creer que si se dan determinados pasos («hacer doce copias, como las tribus de Israel», «reenviarlas antes de siete días» o «pensar en un deseo mientras se multicopian») se puede manejar según el propio antojo la voluntad de Dios. Eso es grave, porque si se cumple lo que pido por seguir una cadena o me sobrevienen los peores desastres si «la corto», esto sólo puede ocurrir si tenemos un dios «de segunda» que se maneja por tonterías derivadas de algo muy superficial...

 

Actualmente, el fenómeno se repite, multiplicado por la potencia de Internet. Quien tiene una dirección de correo electrónico más o menos permeable, sabe de qué estoy hablando. Cadenas de todo tipo llegan, a diario, transmitiendo mensajes rayanos en lo increíble. Increíbles porque se pide cadena de oración por «el hijito de unos amigos que va a ser transplantado del corazón» y desde 2004 hasta ahora (2009), el niñito sigue teniendo tres meses como al inicio de la cadena. O se rocían bendiciones gracias a la virgen que llora, a la que abre y cierra los ojos o a la que vierte sangre por el costado donde fueron clavadas las espadas dolorosas de la pasión.

 

Si a esto le sumamos los mensajes con consejos para ser feliz, para sobrellevar una enfermedad o para empezar el día en sintonía con el creador, pero, eso sí, siempre con la amenaza de que si no se reenvía a los amigos de nada servirá seguir esos consejos, la situación se convierte en caótica.

 

Deberíamos preguntarnos cuáles son las características y las causas de la situación de vulnerabilidad y de miedo existente que provoca que muchos estén predispuestos a seguir estas cadenas sin cuestionarse nada. ¿Será que no educamos en la fe como corresponde? ¿Será que la educación religiosa no ayuda a pensar ni a madurar y el infantilismo es moneda corriente?

 

Estas cuestiones, aunque parezcan mínimas y de poca importancia al lado de otras mucho más serias, deberían llevarnos a replantear muchas actitudes de nuestra actividad pastoral. Mientras tanto, la misma recomendación que hago desde siempre frente al tema de las cadenas: recordando los primitivos sistemas de depósito de los inodoros, no lo dude, ¡tire la cadena!

 

Nota publicada en el de pastoral
DIALOGO Nº 176
Periódico Mensual para los catequistas y agentes