Una Santa que entrego su Vida en la Cámara de Gas
Una MUJER "Moderna", Filosofa, Culta y Racional
Por Eduardo Barrantes
"Edith Stein, por ser judía, fue deportada junto
con su hermana Rosa y muchos otros judíos de los Países
Bajos al campo de concentración de Auschwitz, donde
murió con ellos en la cámara de gas. Hoy los
recordamos a todos con profundo respeto".
Misa de Canonización de la Beata Teresa Benedicta de
la Cruz. Homilía de Juan Pablo II. Plaza de San Pedro,
Domingo 11 de Octubre de 1998.
El ferrocarril, que viene traqueteando sin parar desde hace
casi veinticuatro horas, se detiene por fin. El sol de esa
mañana del 8 de agosto de 1942 deslumbra a todos los
pasajeros cuando unos soldados nazis abren violentamente los
portones de decenas y decenas de vagones. Mientras reciben
bruscas y enérgicas órdenes, todos se van desperezando
y toman con desgana y tristemente sus pocas pertenencias para
bajar en su último destino. Están en la estación
ferroviaria de Auschwitz-Birkenau.
Un día antes han salido de Holanda, atravesando parte
de Alemania y han llegado finalmente a territorio polaco.
Hay hombres y mujeres, ancianos y niños. Una vez abajo,
otros guardias leen a gritos listas interminables de nombres
y los seleccionan por grupos: algunos son reservados por su
fuerza física para los trabajos forzados: los demás
tendrán peor destino. En filas, se dirigen a unos camiones
que están junto a las vías y suben ayudados
unos por otros.
Los últimos gritos y cuatro mil cadáveres
diarios
El lugar al que han llegado es el famoso campo de concentración
de Auschwitz, construido por la SS nazi en las inmediaciones
de la aldea de Oswiecim, definido por uno de los principales
generales de Hitler como "la institución más
grande de aniquilamiento humano de todos los tiempos".
Desde abril de 1941 había comenzado la operación
final de terminar rápidamente con los judíos,
pero los fusilamientos eran muy lentos y engorrosos, lo mismo
que el uso de monóxido de carbono. Es por eso que ensayan
el método de la gasificación para eliminar en
masa a un número considerable de víctimas: en
Auschwitz perdieron la vida unos cuatro millones de personas,
a razón de "dos mil cadáveres cada 12 horas",
según informes de los "técnicos" por
la aplicación del famoso gas "Zyklon-B" ácido
cianhídrico, un veneno para matar ratas.
Llegan los camiones al campo de concentración, y se
tranquiliza falsamente a los prisioneros de que primero han
de ser desinfectados por lo que todos deben desnudarse completamente,
también los niños. Y, por grupos de unos 450
o 500, son llevados, por amenazas de golpes, adentro de unas
habitaciones de 25 metros cuadrados. La congestión
allí es increíble. Una vez que todos están
dentro, pasa poco tiempo hasta que el gas comienza a salir
por unas perforaciones que hay en los muros. Es cuestión
de segundos. Todos se amontonan en un extremo y se abalanzan
sobre la puerta de metal por la que han entrado; los más
fuertes se apilan allí, subidos encima de los demás;
otros, sollozan y dan manotazos, gritan palabras horrorosas
de muerte. La asfixia lleva a otros a abrazarse y a rezar
piadosas oraciones.
Sólo se necesitan 25 minutos para acabar con sus vidas;
entonces, unas bombas eléctricas eliminan el aire cargado
y unos hombres bien equipados con máscaras y mangueras
cumplen la primera tarea de limpiar la sangre antes de separar
con garfios los cuerpos que yacen allí con gestos y
contorsiones indecibles. Luego buscarán en los cadáveres
el oro de sus dientes y les separarán los cabellos
para que el resto sea llevado en carretillas hasta los hornos.
Aquí se cumple la última parte del proceso.
Sólo resta llevar la fina ceniza a un río cercano
o utilizarla como fertilizante.
Ya estoy harta de todo…
Una de los miles de víctimas se llama Edith Stein,
mujer excepcional que ha seguido el mismo destino de millones
de hombres que encontraron la muerte sólo por el delito
de pertenecer a la raza judía. Pero Edith también
ha sido llevada al suplicio por ser católica, dos facetas
de su vida que le hacen ser un personaje muy atractivo y de
gran interés, sobre todo para los intelectuales.
Había sido educada en el seno de una familia hebrea
rigurosamente observante, sobre todo por parte de su madre.
Pero al llegar los primeros años de la adolescencia,
Dios dejó de ocupar un lugar en su vida y ya no cree
nada ni quiere rezar. Le había impresionado siempre
la fe de su madre, pero atraviesa por una profunda crisis
que le lleva al ateísmo. Durante ocho años dice
no poder creer en la existencia de un Dios personal. Las ideas
religiosas hebreas no le convencen y espera que la ciencia
le dé las respuestas a las grandes preguntas de la
existencia. No es extraño que en algunas épocas
de la vida sintamos un aburrimiento de todo. Hasta de las
cosas más valiosas que uno tiene o ama. Puede ocurrir
que nos hartemos de la familia, de nuestro apellido, de la
cara que tenemos, del peinado, de una amiga, de Dios, de todo...
Edith también está harta y desanimada. No quiere
aceptar nada, ninguna verdad recibida de otras personas, ni
siquiera de sus padres, sin antes analizarla ella sola. Pero
no está derrotada. Desea ir al fundamento de las cosas
por sí misma. ¡Ya está bien que se me
dé todo hecho, todas las respuestas a los grandes interrogantes
de la vida sin ayudarme nadie a razonarlas y a hacerlas mías,
para formar mis convicciones! Por ello Edith busca la verdad
sin cansarse. Al acabar el bachillerato siente una fuerte
inclinación a la enseñanza, y comienza los estudios
de filosofía germánica e historia, pero con
mayor fuerza le atrae la psicología, en la que también
se matricula. Le inquieta mucho el tema del alma humana, el
sentido de la vida, pero se desilusiona con las ideas del
psicologismo y el relativismo de entonces: no le convence
una ciencia que no quiere saber nada del espíritu.
Es entonces cuando se encuentra con los Estudios sobre Lógica
del famoso filósofo Husserl que le cautivan totalmente.
Esos años son para Edith Stein de gran actividad científica
y de numerosas investigaciones publicadas. También
por esas fechas conoce a otro filósofo, al judío
converso Max Scheller.
Fascinada por estos chispazos de la verdad, se traslada a
Friburgo para asistir a las clases de Husserl. El maestro
escoge a Edith como ayudante, pues es su más inteligente
alumna. Le convencen y le arrastran las ideas del filósofo
hacia la verdad como algo objetivo, y, con sus compañeros
comparte el mismo entusiasmo pues el maestro les ayuda a dar
serios golpes al empirismo, escepticismo y relativismo en
todas sus formas.
En 1917 un hecho irrelevante en apariencia le abre un panorama
notable: el esposo de una amiga suya, de religión evangélica,
muere en combate. A Edith le llama poderosamente la atención
que su amiga se mantenga con fortaleza y que no dude en ningún
momento ni se rebele ante el dolor. ¿De dónde
saca esa entereza de ánimo? Fue para Edith el primer
encuentro con un mundo nuevo, algo que empezaba a echar por
tierra su dura incredulidad de años.
El golpe final
Algo singular ocurre en decenas de conversiones de adultos
a la fe católica: hay siempre un último golpe
que, luego de muchas cavilaciones y razonamientos, abre e
ilumina la cabeza. Como si de repente se encendiera un foco
en la inteligencia. A San Agustín, en el siglo IV,
que buscó por años apasionadamente la verdad,
le bastó leer una corta frase de la Sagrada Escritura.
Al famoso filósofo español García Morente,
en 1937, le tumbó oír, casualmente, por la radio,
una obra musical de Berlioz que nunca había escuchado.
En el caso de Edith, sucedió algo similar. En el verano
de 1921, pasa una temporada en la finca de algunos amigos
y compañeros, en Bergzarben (Alemania). Una noche,
Edith que tiene 29 años de edad, se encuentra con un
libro elegido casi al azar: se trata de El libro de su vida
de Santa Teresa de Jesús. Se pasa leyendo toda la noche
hasta el amanecer. Comencé su lectura —dice ella
misma— y me cogió tanto que no la interrumpí
hasta que no llegué al final del libro. Al cerrarlo,
tuve que confesarme a mí misma: ésta es la verdad.
Edith encuentra la Verdad, pero no sólo al Dios teórico
de los filósofos. No encuentra sólo al Primer
Motor, al Arquitecto del universo, al Ser supremo, un Dios
poderoso pero lejanísimo, abstracto, ajeno a lo que
nos sucede. No. Edith descubre a Dios como Persona: al Dios
Padre Amoroso, al Dios que se hizo hombre, Jesucristo, al
Dios-hombre, que nace y vive con los hombres, que sufre con
ellos. A un Dios a quien se puede hablar de Tú porque
vive. A este Dios yo sí lo entiendo porque El me oye
y me entiende.
Cuanto antes compra un catecismo y un Misal. Los estudia a
fondo y después entra por vez primera a un templo católico.
Cuando acaba la Misa, pide insistentemente el Bautismo y se
le anima a irse preparando y se fija su entrada a la Iglesia
el 1 de enero de 1922. Su conversión no supone un rompimiento
con el pueblo judío al que pertenece: todo lo contrario.
Yo había dejado de practicar mi religión judía
— dice— cuando era una jovencita de 14 años
y sólo después de mi vuelta a Dios volví
a sentirme judía. A su madre le causa un gran dolor
el cambio radical de su hija. Aunque Edith la sigue acompañando
a la sinagoga, a la afirmación de su madre de que también
se puede ser piadosa siendo judía, responde ella: —Cierto,
pero cuando no se ha conocido otra cosa.
Una filósofa de primera línea
En 1925 se le abre otro nuevo panorama de vida intelectual,
pues un profesor le anima a traducir obras del converso Cardenal
Newman y posteriormente que haga lo mismo con algunas de Santo
Tomás de Aquino. De Tomás aprende que la fe
es camino para la verdad y que el trabajo de la filosofía
puede ser un servicio a Dios.
Aunque hoy en día es habitual, en aquél tiempo,
al acabar la Primera Guerra Mundial, las mujeres no podían
acceder a una cátedra universitaria, y por eso sólo
puede pasar unos años trabajando ocultamente en Spira,
dedicada a la enseñanza, a sus estudios y a dictar
numerosas conferencias dentro y fuera de Alemania. Por fin,
en 1931 ya han cambiado los tiempos y le dan facilidades para
ser catedrática en Friburgo o en Breslau. Hace algunas
gestiones para conseguirla pero ya es demasiado tarde, pues
la situación política del país se lo
impide. Para entonces Edith ya venía alimentando otro
profundo deseo: hacerse religiosa.
En 1933, aunque ya tiene 52 años de edad, es aceptada
en el convento de las carmelitas de Colonia y escoge para
sí un nuevo nombre Sor Benedicta de la Cruz. Sus superioras
le piden que se ocupe de tareas intelectuales: terminar algunas
de sus obras y otros trabajos que le van llevando de la filosofía
a la mística, convirtiéndose también
en maestra de vida interior.
Como comienza a desatarse progresivamente un violento racismo
contra los judíos, es urgente que Edith se traslade
al convento de Echt, en Holanda, donde también vive
su hermana Rosa. Poco antes los Obispos holandeses mediante
una Carta Pastoral habían hecho una pública
denuncia de los atropellos nazis contra los ciudadanos judíos
y las deportaciones que comenzaban. Para Edith esto es fuente
de un sufrimiento continuo, pues era y se seguía sintiendo
judía de raza.
Ante la defensa de los judíos por parte de los Obispos,
los nazis reaccionaron adoptando las medidas crueles contra
cualquiera que tuviera el coraje de defenderles. La venganza
tarda sólo una semana en comenzar. El 2 de agosto son
detenidos todos los católicos de Holanda de origen
judío, a pesar de las garantías ofrecidas con
anterioridad y de la indignación de los ciudadanos
holandeses.
Una católica ofrece su vida por los judíos
Es el domingo 2 de agosto de 1942. Un día normal en
el convento. A las cinco de la tarde suenan las campanas de
la oración. Edith Stein, ahora Sor Benedicta, lee en
alta voz. De pronto, la tornera llama a la Madre Priora: los
oficiales de la SS buscan a la monja "judía"
que saben que está allí. La Priora, Madre Antonia,
intercede por ella, pero es inútil. Sor Benedicta vuelve
al Coro y, en una despedida rápida, pide a sus hermanas
que recen. Al salir, pide la bendición a la Priora.
Toma de la mano a su hermana Rosa y le susurra: —Ven,
vamos a sacrificarnos por nuestro pueblo.
No es una reacción del momento. En los nueve años
que lleva allí, Sor Edith se ha convencido de que la
vida está sellada por el signo de la cruz y que su
pueblo judío estaba siendo llevado por las circunstancias
a sufrir ese mismo destino. También ella quiere unirse
a ese dolor inmenso y contribuir a soportar, unida espiritualmente
a Cristo, el dolor de los hombres y a expiar la injusticia
del mundo. Está plenamente dispuesta a ofrecerse por
su pueblo oprimido y humillado. El destino de ese pueblo —decía—
es también el mío.
Aquí comenzaron los últimos siete días
de su vida, cinco de ellos en viaje hacia el Este. Poco tiempo
para seguir amando a Dios, consolando a los demás compañeros
de martirio, pero suficientes para que los compañeros
de viaje se conviertan en testigos de su eximia santidad.
Desde la comandancia de Roermond son conducidos primero al
campo de concentración de Amerstorf, Holanda. A uno
de los sobrevivientes le llama la atención la "despreocupación
y casi jovialidad" de Sor Benedicta y de los demás
religiosos y religiosas que sufren el mismo castigo por su
fe y por su raza. Son unos trescientos católicos de
raza judía en el campo de concentración. Es
notorio el influjo que Sor Benedicta ejerce sobre los demás
por su temperamento, su cultura y su santidad.
Otros testigos la ven silenciosa, con el reflejo de un enorme
sufrimiento interior, pero sin miedo. Y como sigue buscando
al Cristo que le falta, lo encuentra especialmente en los
niños destinados también al suplicio.
Encontrar, por fin, el sentido del dolor
En la noche del 3 al 4 de agosto trasladan a los prisioneros
hacia el norte de Holanda; sufren enormes vejaciones que los
verdugos no ahorran a los pobres destinados al holocausto.
Les hacen fotografías con el número de presidiario
en la mano, primero de frente, luego de perfil. El día
6 se les da permiso de escribir algunas cartas, y saben que
es su última oportunidad de hacer contacto con los
de fuera. En dos hojitas de calendario, Edith aprovecha para
pedir ropa para su hermana Rosa y habla de sí misma
con serenidad: —Mil gracias a todas, su afectísima
y agradecida hija, Benedicta.
Desde el convento se hacen continuas gestiones y pesquisas
para localizar a las prisioneras e intentar su liberación.
Por fin, dos emisarios pueden entrar en el campo de concentración:
hablan con ella y luego relatarán: Nos refería
todo esto, tranquila y serena. En sus ojos resplandecía
la misteriosa luz de una santa carmelita. En voz baja y sosegadamente
nos contó las contrariedades de los detenidos, pero
silenciando las suyas...
Un agente holandés se ofrece a hacer alguna gestión,
llamar a alguien, moverse, intentar algo para salvarla. Pero
ella se niega y sonríe:
—¿Por qué voy yo a ser la excepción?
Si yo no puedo compartir la suerte de los demás, consideraría
inútil mi vida. — ¡Nada de eso! Y acompañada
de su hermana Rosa, se dirigió orando al ferrocarril
que iba a Auschwitz.
Edith Stein había cumplido un antiguo deseo: ofrecerse
en holocausto por su pueblo. En 1933 había escrito:
Me dirigí al Redentor y le dije que sabía muy
bien qué clase de Cruz pesaba en aquél momento
sobre el pueblo judío: en su mayor parte ellos no lo
comprendían, pero quienes tenían la gracia de
entenderlo, deberían aceptar esa cruz con plenitud,
en nombre de todos. Me daba cuenta de que estaba dispuesta
y pedía al Señor que me hiciera ver cómo
debía realizarlo. Al terminar la Hora Santa tuve la
íntima certeza de haber sido escuchada, aunque todavía
no supiera en qué consistiría aquella Cruz que
se me imponía.
Había buscado siempre, apasionadamente, la verdad y
la encontró, con todas sus consecuencias, porque no
se puede conocer a Dios sin toparse a la vez con el misterio
de la Cruz. Edith la aceptó y la entendió en
su propio nombre: Benedicta de la Cruz, "bendecida por
la cruz". Dios bendice con el dolor a sus hijos: enfermedades,
sufrimientos físicos y morales durante toda la existencia
que pueden parecer tantas veces injustos o absurdos. Es que
nuestra capacidad intelectual sola sin la ayuda de la fe —aunque
seamos genios o tengamos una inteligencia superdotada—,
es incapaz de comprender el dolor y su sentido en la vida
de los hombres.
Abrámonos al mensaje que ella nos dirige como mujer
del espíritu y de la ciencia, que supo ver en la ciencia
de la cruz la cima de toda sabiduría; como gran hija
del pueblo judío y como fiel cristiana en medio de
millones de hombres martirizados sin culpa, ella vio cómo
la cruz se acercaba a ella de forma implacable; pero no escapó
atemorizada, sino que, animada por la esperanza cristiana,
la abrazó con amor y entrega total. (...). Su vida
es consuelo para todos aquellos a quienes les resulta difícil
creer en Dios. La búsqueda de la verdad es ya en lo
más profundo una búsqueda de Dios. Edith Stein
es un regalo de Dios, una llamada y una promesa para nuestra
época. (Juan Pablo II, Misa de canonización).
Esta mujer excepcional fue canonizada como mártir en
octubre de 1998. Un año más tarde fue declarada,
por Juan Pablo II, patrona de Europa, junto con Santa Brígida
de Suecia y Santa Catalina de Siena.
Fuente: www.encuentro.com
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