El tema no es el Holocausto sino el Concilio Vaticano II

Por Eduardo Barrantes

 

Un conflicto interno cuyo principio de solución se iba bordando muy despaciosamente durante años no solo se encuentra al borde del colapso sino que se ha convertido en objeto de una seria convulsión interna y de tensión con el mundo. Especialmente, con sectores de la comunidad judía internacional. Me refiero a la cuestión del levantamiento de la excomunión de los obispos lefebvristas y los dichos del Obispo Richard Williamson sobre la negación del Holocausto.

 

Bastante ha aportado a esta situación un manejo cuanto menos sensacionalista y oportunista de los primeros medios de comunicación que entrevieron un surco donde armar una noticia que daba lugar a una controversia atrayente. Aunque, para no pecar de ingenuos, debemos reconocer que quien esté propenso a golpear sobre los valores religiosos o a la Iglesia Católica o a la figura del Papa en particular tenía todo servido en bandeja.

 

Pero mucha responsabilidad tienen quienes consideran que ante el menor embate de la prensa hay que responder, casi espasmódicamente, en la dirección que los medios de comunicación han convencido a la opinión pública en que la Iglesia Católica debe expedirse. Es aquí cuando se multiplica el trabajo de los voceros y secretarios de prensa de todos los niveles. Atendiendo muy especialmente a periodistas que les son cercanos ya que habitualmente cubren este tipo de noticias aunque, un poco por la profesión y otro tanto porque la noticia sirve cuanto es más controvertida, no terminan de darle un contenido de aclaración a las explicaciones de los voceros.

 

Digo esto porque el tema con los lefebvristas está centrado desde hace cuarenta años por las resoluciones y el cambio de actitud de la Iglesia Católica luego del Concilio. En una apretada síntesis podemos decir que cuestiones referidas a la autoridad eclesial, la identidad de la Iglesia y su relación con el mundo, más las cuestiones referidas a la celebración de la Santa Misa y la Liturgia, son los temas que generaron el distanciamiento. Todo se derrumbó cuando Monseñor Marcel Levefbre ordenó Obispos estando suspendido por la Iglesia.

 

A lo largo de su pontificado, Juan Pablo II trató muy pacientemente de reconstruir la comunión mediante gestos y palabras para lograr la vuelta a casa de los descarriados, sin soslayar que en su desvío arrastraron a muchos fieles de buena fe y eso es lo que obliga a la búsqueda del reencuentro. Este proceso ha tenido un adelanto cualitativo y no tanto cuantitativo, con el levantamiento de la excomunión. Pero que a nadie le quede duda alguna que no había ningún diálogo sobre el problema del Holocausto. Sin duda que pueden existir diferencias en diversos temas, en particular en aquellos que no son dogmas de fe.

 

Ni siquiera importaba, en este punto del proceso, lo que la Fraternidad Pío X pensaba sobre temas como el de la negación del Holocausto. Por lo tanto, no debían ser medibles por aquellos que lideraban el tratamiento del tema aunque bien podemos reconocer que es muy sensible pero que no hace al fondo de la cuestión.

 

Por sobre todas las cosas, lo que también debe señalarse con mucha firmeza es que bajo ningún aspecto pueden equipararse la entidad de todo un andamiaje de documentos, discursos, posiciones y especialmente acciones de la Iglesia Católica y de Benedicto XVI para con el tema y la comunidad judía, respecto de los expresado en una ignota entrevista periodística de la televisión sueca a un Obispo integrante de la Fraternidad Pío X confinado en un seminario de nuestro país. Hacerlo no sólo ofende al rigor intelectual sino al sentido común. Hacerlo puede hasta denostar una muy dudosa intencionalidad.

 

No obstante, hasta los más preparados sucumben ante la presión mediática y en lugar de aclarar las cosas, responden con explicaciones que no son centrales en la problemática, hablan y repudian en el sentido requerido por la dinámica de los medios y su necesidad de informar y lo que es peor, generan un nuevo punto de conflicto que agrava aún más las cosas. Entiendo que habrá que encontrar un modo diferente de trato con la prensa que sea más auténtico de la realidad eclesial, casi en un plano formativo, abandonando el actual que generalmente lleva al público más a la confusión y al rechazo que a la claridad y el encuentro.

 

Digamos a esta altura que hay muchos movimientos, sectores, pastores y fieles que tienen diferencias con la Iglesia o el Papa de turno. Diferencias que pueden ser doctrinales, metodológicas o pastorales, entre otras posibilidades. No por eso, el Papa se la va a pasar excomulgando o condenando. Y menos aún a los que la vertiginosidad del debate mediático y cibernético juzguen como necesario disciplinar. A propósito, esto demuestra que existe un margen interesante para la pluralidad en la Iglesia, a pesar de lo que muchos dicen o fustigan.

 

Quedará para otro encuentro un análisis que está muy ligado a este tema y que es el meollo de la cuestión: el modo en que las instituciones quedan presas de este tipo de situaciones y en el que la responsabilidad de los medios tiene mucho que ver.