Todos quieren el Traje de Progresistas
Por Eduardo Barrantes
Mientras se esperaba el cierre de los comicios en la reciente
elección presidencial estadounidense, en un programa
periodístico de un canal de cable donde todas son noticias,
dos académicos discurrían sobre la importancia
del probable triunfo de Barak Obama, hecho que finalmente
aconteció.
Uno de ellos era el profesor en Relaciones Internacionales,
Juan Gabriel Tokatlián, docente de una universidad
privada y escriba de artículos en diarios de circulación
nacional. En su referencia al tema, manifestaba que los estadounidenses
iban a volcarse a Obama por sus características de
candidato progresista. Justificó esto señalando
que la posición del candidato demócrata favorable
al aborto, la contracepción y la adaptación
a los cambios de lo que debe ser la familia en la actualidad,
muy diferente al concepto tradicional, siendo estas posiciones
la base de su identidad progresista.
Como imaginarán no sólo me parecen muy pobres
estas posturas para ser considerado un hombre progresista
sino que es paupérrimo el análisis de un docente
en cuestiones de política exterior para evaluar a un
candidato a presidente de la nación más poderosa
del mundo. Lo más grave que es definitivamente así.
Estas posturas son las que identifican, entre comillas, a
un progresista en nuestro país.
Para rematar la pobreza intelectual del concepto de progresismo,
otro catedrático, el periodista y matemático
Adrián Paenza, expresó que, así las cosas,
se evidenciaba un retroceso de los sectores conservadores
norteamericanos, especialmente de los religiosos. Tomó
como ejemplo de retraso social de personas que practican una
religión, a quienes dijo "no mezclan la leche
con la carne por miedo a la triquinosis", en obvia referencia
a observantes judíos que consumen alimentos kosher,
cuando en realidad, además de tener una dieta alimentaria
que responde a una normativa bíblica y talmúdica
de la judía, viven en profundidad su fe ante cada hecho
de la vida cotidiana. Para Paenza, esa vivencia religiosa
es mala y nada progresista.
Para lamento de quienes defendemos auténticamente
los derechos humanos basados en el respeto la dignidad de
la persona, este tipo de discursos de ideologías baratas
prende fácilmente en la sociedad. En la misma mañana
del triunfo electoral del candidato demócrata una persona
me comentó su satisfacción por esta novedad
diciendo que iba ser lo mejor para todos, que el mundo iba
andar mejor, precisamente por las actitudes progresistas de
Obama.
Claro que no todos saben como funcionan la política,
la economía y los negocios aún en un país
como los Estados Unidos. Y que, a pesar del carácter
fuertemente presidencialista del sistema político imperante,
cualquier presidente, republicano o demócrata, debe
responder a una idiosincrasia nacional, una vocación
de imperio y muy especialmente a un conjunto de corporaciones,
sectores e intereses que son los que verdaderamente gobiernan
el país. De hecho, para fortuna de los estadounidenses,
la alta dirigencia del país no está sólo
entre los políticos.
Por supuesto que el aporte de los medios de comunicación
a la confusión general es relevante. Como muestra sola
bastará repasar una conclusión reciente de un
inefable periodista multimediático que nombró
como primera y única ley de importancia en estos veinticinco
años de democracia a la Ley de Divorcio. Si fuera así,
sería muy poco, casi nada.
Ser progresista es defender la vida desde el momento de la
concepción de la persona, rechazando la eutanasia,
rechazando la idea del pensamiento único, pidiendo
que haya trabajo, salud y educación para todos, evitando
legalizar el consumo de drogas como se pretende con la despenalización,
rechazando el financiamiento de la política con el
dinero de la droga y las coimas de la obra pública,
permitiendo las expresiones religiosas y evitando reducir
esta dimensión del hombre a un ámbito exclusivamente
privado, teniendo como se hace en el diálogo político,
entre partidos, cada uno cediendo algo o no imponiendo o tratando
como enemigo al que piensa distinto, teniendo un diálogo
interreligioso donde sobresale la fidelidad al mensaje, donde
nadie debe ceder nada sino que cada uno aporta lo suyo, tratando
ser fiel a la verdad suprema, el origen común y la
meta final aún con nuestras diferencias.
|