Aunque la valija sea gruesa el dinero siempre es finito

Por Eduardo Barrantes

 

En virtud de la conocida situación económica mundial parece más que oportuno referirse a las palabras del Papa Benedicto XVI durante la sesión de apertura del Sínodo de Obispos que se desarrolla en Roma sobre las Sagradas Escrituras. El Santo Padre tomó como punto de partida el Salmo 118 y destacó que la Palabra de Dios no caduca y es el fundamento de todo.

 

Desde este punto de partida, el Papa invitó a los hombres de hoy a vivir en la verdadera realidad dándonos cuenta que "debemos cambiar nuestra idea de que lo material, las cosas sólidas –las cosas que tocamos– son la realidad más sólida y segura". Para luego advertir que "Construye sobre la arena –explicó– el que construye sólo sobre las cosas visibles. Lo que se puede tocar: éxitos, carrera, dinero. Aparentemente, éstas son las verdades, realidades.

 

Pero en verdad, son cosas que pasan. Como vemos ahora con la quiebra de los grandes bancos... el dinero desaparece, no es nada".

 

Y uno se pregunta como es que el dinero no es nada. Para responderlo bien hay que decir que todas las cosas humanas son finitas. Precisamente, el dinero es un instrumento que ha arbitrado el hombre para el intercambio de bienes como una forma ágil de transacción. Tanto es así que incluso requiere para su correcto uso algunas virtudes importantes del ser humano: confianza, respaldo y estabilidad. Por ello, no solo sirve como medio de pago y medida de cambio sino también, como nota relevante, para adquirir los medios de producción en combinación con los créditos. Pero es un instrumento no un fin en sí mismo.

 

El problema radica en que cuando quienes manejan el dinero, olvidando su carácter instrumental y valiéndose del poderío económico y financiero, se constituyen en rectores y causa eficiente de todo el proceso económico, convierten a esa actividad humana en una dictadura financiera con las consiguientes crisis sociales, económicas y políticas que hoy claramente observamos y estamos comenzando a padecer con más profundidad que la habitual. Cuidado que hasta nosotros podemos convertirnos en dictadores de nuestra propia economía.

 

Si el motor de la economía es sólo el lucro, el afán de conseguir desmedidamente sólo más dinero, siendo esto lo que mueve a la actividad del trabajo para producir más dinero y el logro del máximo del bienestar material, tarde o temprano chocaremos contra la finitud. Es a esto lo que nos está llevando este liberalismo que conduce a una dictadura como alguna vez denunciara Pío XI calificándolo como generador de “el imperialismo internacional del dinero”. Por lo tanto en estas horas no hay mejor manera de reprobar la actual situación de abuso sobre el uso del dinero en la economía mundial que recordando solemnemente una vez más que la economía esta al servicio del hombre.

 

Habrá que notar cuanto tiene de imperialismo esta forma de poder que merced al proceso de la globalización se ha convertido en uno de tal magnitud que excede a los países, sus poderes y fronteras, conectado gracias al desarrollo tecnológico, padeciendo aquí y allá, el mismo fenómeno, con igual caída y similar arrastre sobre la economía de producción, independientemente de las fortalezas o debilidades de los países y el conjunto de la comunidad internacional. Es como un poder por sobre cada uno de los poderes de los estados y sus formas de gobierno.

 

Es por esto que debemos todos los hombres de buena voluntad exigirle a los poderes públicos que actúen rápida y profundamente sin alentar la vana esperanza de que tarde o temprano la situación mejore espontáneamente o por efecto de unas dudosas leyes del mercado. Y por sobre todas las cosas, que esta situación ayude a ver al hombre de hoy que debe cambiar de paradigmas quitando este fin de lucro, la desmedida ambición del dinero y la ganancia como el motor de la actividad económica. Inclusive, se puede dimensionar lo que este momento internacional implica, reconociendo que está en duda el hasta hoy aparente poder político de las principales naciones del mundo, convirtiéndolas solo en una cáscara que sirve para disfrazar el verdadero poder: el del dinero.

 

Tal vez podamos sacar de esta situación general alguna enseñanza particular o personal: preguntarnos cual es el lugar que ocupa en nuestra vida el uso del dinero, cuanto me consume el obtener lo conveniente para vivir y cuanto estoy dispuesto a dar para ello. El papa Benedicto XVI nos interpelaba sobre si estamos construyendo a partir de la finitud del dinero. Del circulante en la economía y del que personalmente manejo y administro. Sin duda que esta reflexión habrá que llevarla en una dinámica ascendente hacia comerciantes, empresarios, dirigentes políticos y poderosos de distintas entidades.

 

Y para los momentos difíciles que puedan sobrevenir recurrir a la confianza en Dios a la que invita el citado Salmo 118: “Mejor es confiar en Yahvéh que confiar en hombre, mejor es confiar en Yahvéh que confiar en magnates“

Aunque tengas una valija grande y gruesa en algún momento el dinero que está en ella no te servirá, se te acabara, te lo podrán robar, quedar en un corralito o te dirán en alguna aduana que no puede pasar.