La Condena al sálvate es ideológica
Por Eduardo Barrantes
Por estas horas, desde notorios analistas económicos,
dirigentes políticos y funcionarios, expertos en cuestiones
sociales hasta personas de diversos quehaceres y culturas,
en su condición de ciudadanos, debaten la oportunidad
y conveniencia de la utilización de una enorme cantidad
de dinero que el gobierno de los Estados Unidos utilizará
para paliar los daños de una catastrófica situación
ocurrida en la economía del país y que la prensa
ha dado en llamar “salvataje financiero”. Aun
sin quererlo, se está debatiendo como aspecto central,
sobre la moralidad del uso de ese dinero, punto del cual nos
vamos a ocupar.
Simultáneamente hay expertos que desarrollan ecuaciones
basadas en los conocimientos sobre temas como desarrollo,
pobreza, deudas externas, hambruna, necesidades sanitarias
o ambientales, entre otros, para demostrar cuantas obras importantes
y altamente necesarias podrían hacerse con estos fondos.
El resultante es de tal magnitud, y en apariencia tan cercano
a la atrocidad, que parece golpear duramente sobre la moralidad
del acto y por tanto considerarlo decididamente repudiable.
Ante esto invito a tomar una pausa y no juzgar la situación
con tanta liviandad.
En primer lugar podemos decir que lo que está en juego
es, mayoritariamente, el dinero de los ciudadanos estadounidenses.
Estos han puesto sus ahorros en un sistema que defienden al
punto de tener reglas avaladas por su propio estado. El sistema
es el capitalismo, de raíz liberal, que incluye la
presencia de un estado fuerte y eficiente para resolver situaciones
como estas.
Luego podemos seguir diciendo que está en juego la
economía de los estadounidenses. El gobierno de su
país entiende lo que todos sus ciudadanos sostienen
cotidianamente y en cada ejercicio de la vida republicana:
cuando al sistema capitalista le va bien, a ellos les va bien.
Así tienen bonanza económica, trabajo, consumo,
buena salud y educación. Cuando al sistema le va mal
todos sucumben y sufren. Este principio está a la altura
de un tácito pacto social.
Por este motivo, el presidente estadounidense recurre a un
resorte institucional y se sumerge en el clima deliberativo
del Congreso para que este le apruebe un plan que implica
tomar una masa formidable de dinero para salvar a la economía
norteamericana y por ende la economía de los norteamericanos.
La economía de los poderosos de Wall Street, de los
petroleros o ganaderos texanos, de comerciantes u operadores
turísticos de La Florida, intelectuales de Boston y
tantos oficios y tareas de todo el territorio, incluyendo
la de tantos inmigrantes que padecen por lograr el gran sueño
americano.
Puestas así las cosas, estamos hablando de una enorme
masa de dinero puestas a rescatar de una catástrofe
de correlacionada magnitud a una economía de tan amplias
proporciones capaz de generar semejante descalabro. De este
modo, hablamos de dólares estadounidenses, propiedad
de estadounidenses para salvar la economía de los estadounidenses.
La repetición de la nacionalidad es intencional.
Los hombres y mujeres de ese país apuestan todos los
días a que ese sistema económico es el que les
va a proporcionar su propio crecimiento económico.
Ante lo cual me imagino que algún lector estará
pensando que el gobierno de ese país no sale en salvación
de las empresas o comercios de los ciudadanos comunes cuando
estas decaen. Les digo que no es eso lo que ellos esperan
sino que el gobierno administre bien, gaste bien, controle
mucho y se meta poco, solo lo absolutamente necesario o cuando
es imprescindible.
Por este motivo, y bajo estas circunstancias, los candidatos
presidenciales suspenden sus campañas en un momento
acuciante, se reúnen con el Presidente, retornan al
Congreso y con matices preparan juntos los instrumentos para
salvar no sólo su sistema financiero sino la base de
su propio sistema económico.
Esta visión, aunque pueda pecar de odiosa, tiende
a provocar en quien la medite el efecto contrario a lo que
un sector importante de la dirigencia política de nuestro
país genera al escandalizar y demonizar la situación:
una fuerte carga ideológica busca socavar la moralidad
de la intervención estatal. Esto con desinteresada
colaboración de numerosos medios de comunicación,
de similar postura ideológica.
Claro que quien escribe repudia el mal uso de la riqueza,
le preocupa la “financiación” de la economía
en el actual contexto de globalización que le otorga
a las transacciones financieras una peligrosa autonomía,
tanto que nos plantea la cuestión ética de la
relación entre riqueza producida y trabajo, por el
hecho de que se crean grandes riquezas sin ninguna conexión
con una cantidad definida de trabajo. Por supuesto que comparto
la visón de la Popularium Progresso de Pablo VI sobre
que “la actividad financiera, según características
propias, debe estar ordenada a servir al bien común
de la familia humana”.
Más cerca en el tiempo la idea de que “invertir
en un lugar y no en otro, en un sector productivo en vez de
otro es una opción moral y cultural” según
advertía Juan Pablo II en Centesimus Annus. Esto porque
las inversiones crean empleos o los eliminan, pueden empujar
a las familias hacia la pobreza u ofrecerles una esperanza
para el futuro, ayuden o entorpezcan la construcción
de una sociedad más justa e igualitaria.
Por lo expuesto acerco la invitación de evitar al
momento del análisis de una condena apresurada, cargada
de ideología y que sólo alimenta un espíritu
de absurda confrontación que en el futuro podrá
dejar espacios para visiones que afectan al respeto por la
dignidad del ser humano y valores como la libertad y el respeto
por la vida en todas sus formas.
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